Se produjo un error en este gadget.

23 sep. 2015

"Uruguay no tiene ni cultura, ni literatura del mar"

Mario Delgado Aparaín lanzó su flamante libro, “Tango del viejo marinero”, que editado por Seix Barral promete una historia de aventura con olor a mar.


CARLOS REYES
23 sep 2015

La narración nace en un poblado imaginario, pero se proyecta luego hacia un mundo marino de ribetes históricos, que reconstruye atrapantes historias de barcos y naufragios.

—¿Qué se propuso al escribir esta nueva novela?
—Primero que nada entretener, y luego contar una buena historia, intentarlo. Son dos viejos amigos, veteranos, conflictuados con la vida por distintas razones, uno con el alcohol, el otro con un problema de identidad. Y a partir de una ida al cine juntos, ven "Motín a bordo", y uno de ellos descubre que el protagonista del motín, ocurrido en 1770, es un antepasado de él. Y ahí se entrega a la navegación y a la fabricación de barquitos a escala, réplicas exactas de barcos legendarios. Y él vende los barquitos con historia: sin esa historia no los vende.
—¿Qué caracteriza contar una buena historia?
 —Es contar un buen conflicto, es decir, una contraposición de dos polos, como pueden ser la luchas entre el amor y el odio, entre la guerra y la paz, entre lo bello y lo feo. Y ese conflicto tiene que envasarse por lo menos en un par de personajes: en mi caso, a mí me preocupa mucho no ser yo el que cuenta la historia sino los personajes. Uno se va enterando a través del accionar de ellos, y hasta termina sorprendiéndose a sí mismo, porque a veces terminan como independizándose de quien los crea.
—¿Se informó de temáticas marinas para escribir la obra?
 —Ocurre que siempre me gustó la literatura del mar, mucho, desde la infancia. Aunque viví en el campo, las novelas de Salgari fueron de las primeras que más me impresionaron. Y Melville, con Moby Dick. Siempre pensaba caramba, qué extraño que nosotros, los uruguayos, teniendo más de 500 kilómetros de costa, no tenemos una cultura del mar. No tenemos una literatura del mar. 
A lo sumo lo que tenemos es una literatura de balneario, con conflictos amorosos, con burgueses. Y aunque nunca navegué, siempre me gustó leer a los grandes escritores del mar, como Joseph Conrad. Y Tango del viejo marinero recurre además a la intertextualidad, a meter dentro del relato un poema, y hasta la receta del ceviche.
—Usted vuelve a ubicar esta novela en Mosquitos, lugar que se repite en su obra. ¿Cómo es Mosquitos, qué es?
—Mosquitos apareció por necesidad. Yo me crié en el interior, en el medio rural. Mis padres eran trabajadores rurales, y se trasladaban mucho. Y cuando a mí me preguntaban de dónde era, yo nunca sabía decir. Nací en un paraje de Florida, que se llama La Macana, pero viví cerca de Sarandí del Yi, en Caraguatá, en Tacuarembó, y en las afueras de Minas. Entonces, a la hora de contar historias, yo no tengo como Julio Da Rosa a Treinta y Tres, o Paco Espínola a San José.
Y a la hora de ubicar las historias en un espacio físico, yo no tenía un único lugar. Y empecé a juntar distintos espacios significativos: el bar de un vasco de Sarandí del Yi, la avenida principal de Solís de Mataojo, los barrios más carenciados de Minas. Y no solo con locaciones. También con personajes de estos lugares.
—Usted se nutre de relatos orales...
—Sí, me encanta escuchar al otro, en particular a los viejitos. Cuando era niño, y de eso hace mucho tiempo, había viejitos, amigos de mi padre, y muchos de ellos, unos 20, habían sido servidores de Aparicio Saravia, en 1904 y en 1897. Ellos se llamaban a sí mismos servidores. Y a mí me gustaba mucho escucharles las historias, aunque algunas fueran unas mentiras reverendas. Como el que contaba que había ensartado con una sola lanza a dos colorados a la vez.
 —También su literatura tiene influencia del cine...
—Sí, siempre me gustó muchísimo el cine, incluso como un auxiliar de la literatura a la hora de pergeñar imágenes.
Siempre me gustaron mucho, por criarme en el campo, las historias del Oeste. Y siempre pensé que acá teníamos los mismos elementos: frontera, trenes, bandoleros.
Y siempre me atrajo la idea de hacer una especie de western criollo, pero no con el lenguaje criollista, sino con un lenguaje más universal, y más nuestro.
Buscar una obra directa Desde que publicó "La balada de Johnny Sosa" (Premio Municipal de Literatura, 1987), Mario Delgado Aparaín ha aportado un conjunto significativo de obras, destacando entre ellas "Alivio de Luto" (finalista del Premio Rómulo Gallegos, 1999), y "No robarás las botas de los muertos" (Premio Bartolomé Hidalgo, 2005).
A la hora de hablar de su ideal como escritor, señala la búsqueda de decir "con pocas palabras grandes profundidades", y da como ejemplo la obra de Juan José Morosoli, del que admira la austeridad en el lenguaje y la sabiduría.
Y también, lógicamente, a Horacio Quiroga, del que toma como ejemplo, entre otras cosas, su capacidad para la sorpresa. Perfil Nació: Florida, 1949.

Otros datos: Escritor y docente uruguayo, autor de "La balada de Johnny".


No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Esperamos tu comentario, gracias por tu participación.