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12 ene. 2013

REYES EN EL PUERTO DE MONTEVIDEO, UNA FIESTA CON MÁS DE 200 AÑOS



Con motivo del Día de reyes el pasado 5 de enero en el Puerto de Montevideo, la empresa TCP realizó un evento en el que convocó a miles de personas, particularmente niños.

Esta fiesta revivida por la empresa portuaria, tiene según cuenta, ya hace más de 100 años, el historiador Isidoro de María (1815-1906), su antecedente en la época de la colonia con los primeros esclavos, tristemente llegados a  estas tierras.

Si bien hoy la fiesta se reproduce en los barrios Sur y Palermo, incluso en la ciudad de Colonia, supo el Puerto de Montevideo ser testigo de estas celebraciones.

A continuación reproducimos el relato de De María de su libro Montevideo antiguo-tradiciones y recuerdo.

 

                             Tony Touillon en base a dibujo de H. Berthet.

EL RECINTO
(1808 – 1829)
Escribe Isidoro De María (*):
Vamos por partes, que todo se ha de andar si la carreta no se quiebra de vieja.
Hablemos del Recinto. 
Desde lejanos tiempos el recinto de la ciudad de San Felipe fue el paseo predilecto de los moradores. Lo formaba todo el espacio comprendido desde las Bóvedas hasta el Cubo del Sur, sobre la rivera, entre la muralla y lo poblado con frente al mar.
Por allí iban costeándolo, como hormiguitas por su senda, las buenas gentes del tiempo del rey a esparcir el ánimo, como dice la tradición, o recrear la vista en el panorama pintoresco que ofrecía el puerto con las embarcaciones, el gigante que lo guardaba con su vigía y su farola, la Isla de Ratas, el campo con su alfombra de esmeralda en la opuesta orilla del norte, y los médanos de la Aguada, Arroyo Seco y Caserío de los Negros sobre la barra del Miguelete.

Los paseantes de todas las clases sociales, en plática amistosa, sorbiendo tantos un polvo, se deslizaban por aIlí a paso reposado, deteniéndolo a veces un momento delante de las baterías que lo circundaban, o de los bañistas del Baño de los Padres, continuando su camino hasta el cuartel de Dragones, echando una mirada a los navíos y fragatas del Apostadero.


CANDOMBEANDO. 
Cantémosle el “gori-gori” los que lo conocimos, recorriéndolo tantas veces para ir a ver los tíos en el candombe; o mejor, cantémosle con Alfaro:

Queda el viejo Recinto en el olvido;
Paseo pintoresco y frecuentado,
Por el mar y sus rocas limitado,
Que a veces lo ocultaba embravecido.
De la raza africana preferido,
Era de sus candombes el estrado,
Donde al son del tan-tan desentonado
Todo era frenesí, danza y sonido.

Si la raza blanca bailaba al compás del arpa, del piano, de! violín, de la guitarra, o de la música de viento, ¿por qué la africana no había de poder hacerlo también al son del tamboril y de la marimba?
Si la una se zarandeaba en el fandango, e! bolero, la contradanza y e! pericón con sus figuras y castañeo, bien podía la otra sacudirse con el tan-tan, de! candombe.

Los domingos, ya se sabía, no faltaba e! candombe, en que eran piernas lo mismo los negros, viejos y mozos, que las negras, con licencia de “su merced el amo o la ama", salvo si eran libertos o esclavos de algún amo de aquéllos que los trataban a la baqueta, sin permitirles respiro.

Cada nación tenía su canchita de trecho en trecho, medía alízada a fuerza de talón, o preparada con una capita de arena, para darle al tango.
Los congos, mozambiques, benguelas, minas, cabindas, molembos, y en fin, todos los de Angola hacían allí su rueda, y al son de la tambora, de! tamboril, de la marimba en e! mate o porongo, del mazacalla y de los palillos, se entregaban contentos al candombe con su calunga cangué... eee elumbá, y otros cánticos, acompañados con las palmadas cadenciosas de los danzantes, que movían piernas, brazos y cabeza al compás de aquel concierto que daba gusto a los tíos. 

Y siga el tango, y el chinchirin chindá, chinchi, y el tan-tan del divertimiento de las clases, y de la multitud que, siguiendo la costumbre, iba a festejarlo en el paseo del Recinto.

¡Y cómo se divertían las amitas y los amitos en aquel pasatiempo, viendo a tía Juana, a tía Francisca, a tía Pepa, y a la mostacilla de negritas y negritos, bailando el candombe!
Y las mamás riendo con ellas, y los papás entre graves y sonrientes haciéndoles lugar pata que vieran a su gusto, y aflojando algunos vintenes para el platillo que circula y presenta en una vuelta, bailando alguna tía vieja o muchachona, blanqueándole los dientes y estirando la mano, pidiendo para la sala.

Y tras eso, papá o mamá, cómprame alfajores y rosquetes, dicen los chicos, al ver alguna otra tía Vieja sentada en el suelo con su tablero por delante, diciendo a los paseantes: "Su merced, rosquetes, tortas y alfajores para los niños". 
Y no había remedio, sino comprar para contentar a los chicos.

Así la buena gente de ese tiempo, encontraba distracción inocente en los candombes, y la raza africana, entregada alegremente a los usos y recuerdos de Angola, parecía olvidar en aquellos momentos de jolgorio la triste condición del esclavo, y el día en que la codicia y la crueldad "de los traficantes", la arrancara de la tierra natal.
El tango se prolongaba hasta puesta de sol, con sus variantes de beber chicha, para refrescar el gaznate, seco de tanto eee lIumba, eee llambá, y paseantes y danzantes se ponían en retirada.

DÍA DE REYES EN EL RECINTO.

¡El día de Reyes! ¡Oh! en ese día de regia fiesta, era lo que había que ver.
-“Vamos a los Reyes, a las salas de los benguelas, de los congos y demás, por el barrio del sur”, era la palabra de orden del ama de casa, y “apróntense muchachas”; y los chicos saltaban de contento.
Y como la soga va tras del caldero, allá iba también el padre de bracete con la señora, y toda la sacra familia por delante.
Y los cortejantes y curiosos no se descuidaban en ir hacer acto de presencia en el punto de reunión, pues, a ver los tronos y el candombe.
Cada nación echaba el resto en la compostura de su sala; y no hay que hablar de la vestimenta de los tíos y de las tías, como para presentarse en la corte y hacer los honores a su Majestad conga, cambimba o mozambique.
Las amas y las amitas de buena pasta, se esmeraban en ataviar a la Reina y a las princesas, proporcionándoles vestidos, blondas, cinturones, collares y tantas cosas. menos, por supuesto, la cabellera, por aquello de que ya se hará cargo el lector.
Los tíos agenciaban sus casacas, calzones, levitas, aunque fuesen color ratón pelado, corbatines, elásticos, galera alta, y por fin, cuanto podían para vestir de corte.
San Baltasar
(http://www.candombodromo.com)

En cada sala un trono, con su cortinaje y el altar con San Antonio o San Baltasar, y e! platillo a la entrada para los cobres o pesetas, con el capitán guardián de la puerta y de la colecta.
En el trono aparecían sentados con mucha gravedad, el rey tío Francisco Sienta, o tío José Vidal, o tío Antonio Pagola, Con su par de charreteras, su casaca galoneada y su calzón blanco con franja, y sus colgajos con honores y decoraciones sobre el pecho. A su lado la reina tía Felipa Artigas, o tía Petrona Durán, o tía María del Rosario, la mejor pastelera, con su vestido de rango, su manta de punto, su collar de cuentas blancas O su cadena de oro luciendo en e! cuello de azabache; y las princesas y camareras por el estilo.
Vamos, que a sus majestades y su corte no les cabía un huevo.
Y la gente entra y sale a la sala a ver los Reyes que es un contento, aunque la atmósfera, vaya, con el calor, pues, no sea del todo agradable al olfato.
Era la fiesta popular de los Reyes, sin ser los Magos, y basta.
Después, ilusiones adiós, y volvamos al fregado, cambiando el manto y la diadema y las charreteras y el elástico, por el rebozo, la chaqueta vieja, la escoba y la tipa de la plaza o la Recaba.
La fiesta no paraba en eso.
Los Reyes y sus acompañantes asistían en corporación a la Matriz a la fiesta de San Baltasar, cuyo altar pertenecía a doña Dolores Vidal de Pereira, quien por de contado lo preparaba con magnificencia para la función del Santo.
Concluida ésta, salía la comitiva africana con su vestimenta de corte por esas calles de Dios a hacer la visita en regla al Gobernador y demás autoridades. quienes la recibían muy cortésmente y la obsequiaban.
Si saldrían contentos de la recepción sus Majestades congo, bengue!a, mozambique y demás, deseando la vuelta de otro día de los Reyes chatos, como
diría Alfaro, en aquel verso alegórico:
Las diversas naciones africanas
Elegían su Rey con aparato,
Que era algún negro de lanudas canas,
y en el día de Reyes, e! Rey chato,
Con marimbas, tan-tan, y macanas,
Era paseado en triunfo con boato.
 

(*)Isidoro De María (18015-1906). Tipógrafo, periodista, memorialista, político, historiador, Cronista de la Patria Vieja, conoció a buena parte de las figuras históricas que participaron en el proceso fundacional de la República y fue testigo de las primeras décadas de su historia. Intervino en la creación de múltiples periódicos de los que fue redactor, dejando en ellos una enorme cantidad de artículos que, con sus libros y variados escritos, constituyen una obra particularmente considerable. Como inspector de escuelas y autor de textos para la enseñanza, se destacó por sus ideas de avanzada. De acuerdo a Pivel Devoto, es el representante más auténtico de nuestras tradiciones, impregnada toda su obra "de un sentimiento de ingenuo amor al pasado que la llena de encanto y la hace perdurable."

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