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13 ene. 2013

HACE 200 AÑOS UN PUERTO MUY ACTIVO


Siguiendo con los textos de don Isidoro De María(1) de su libro "MONTEVIDEO ANTIGUO-TRADICIONES Y RECUERDO", copiamos un relato en que refleja como era el Puerto de Montevideo hace unos 200 años, la enorme actividad comercial que desplegaba y el movimiento social que convocaba. 

UN PUERTO MUY ACTIVO(*).
"...se prefería este puerto al de la Ensenada de Barragán de la opuesta Orilla del Plata", 

Ya nos parece que algún incrédulo nos objeta, eso de barcos, que ver poblado el puerto en aquel tiempo, serían “habas contadas”.
Pues no señor, ni tanto ni tan poco, porque ha de saberse que en la época del coloniaje se prefería este puerto al de la Ensenada de Barragán de la opuesta Orilla del Plata, y que la estadística de entonces nos daba el movimiento marítimo de entrada, en el año 2, por ejemplo, representado por 188 entradas de buques de ultramar y 648 embarcaciones costaneras, entre zumacas, goletas y balandras. 
Vamos, que no eran tan “habas contadas, las de la bahía, en que poder recrear la vista. 
Y con decir que solo en un temporal (1791) se fueron a la costa sesenta embarcaciones, puede formarse Idea si habría barcos que ver en el puerto.
Los domingos era una romería aquel paseo del Recinto, hasta irse a encontrar con los candombes en la costa del sur, por la batería de San Rafael hasta el Cubo del Sur (hoy calle de Santa Teresa). 
Aquel Cubo histórico, levantado el año 8, para cuyo trabajo se arremangó el gobernador Elío personalmente, cargando piedra para construirlo, como cualquier otro hijo de vecino, imitándolo los cabildantes, ¡Quién lo diría! A pesar del pico y la barreta que en los tiempos posteriores demolieron el muro, aún conserva vestigios el Cubo, en donde se alza el templo anglicano.
Aquí viene al pelo aquel verso de Alfaro a su memoria.

AL CUBO DEL SUR
Quedas tú y pasarás a edad remota
En tu glorioso puesto de combate,
Resistiendo a los tiempos y al embate
De la furia de! mar que en ti se azota.
Quedas ahí, para que tome nota
La historia que tu época relate,
y por eso tu muro no se abate
Ni su fuerza declina ni se agota.
De la antigua ciudad fortificada
De baluartes y fuertes coronada,
Incontrastable, tú, sólo has quedado.
y tu altiva muralla que ovalada
Fue por e! pueblo heroico levantada,
La grandeza pregona del pasado.

A buen seguro que no faltaban al paseo del Recinto entre la españolada de aquel tiempo, el de Vargas con su sombrero apuntado y sus condecoraciones,
Ni Sánchez, ni Diago, ni Olave, ni Cué, ni Mancebo,
Ni Argerich, ni Balbin, ni Murgiondo, ni don Esteban, ni aun el Padre Simón, aquél que, según reza la tradición, andaba pintando, aunque dejónos en ayunas, si pintaba de buen mozo o de currutaco. y en tiempo de don Juan VI, no hay que hablar.

SOCIEDAD, GASTRONOMÍA Y MODA EN EL RECINTO.(*)
Era cosa de verse aquel paseo del Recinto en una tarde de verano en los días festivos. 
No quedaba tendero viejo, ni jefe de familia, ni matrona, ni muchacha que no concurriese a él, a la par de los fidalgos, haciendo rumbo al popular candombe de la raza africana. 
Lo preferían al de la tradicional Quinta de las Albahacas, con sus plantitas de albahacón o albahaca envueltas en una hoja de col, y a las fritangas de huevos con chorizo.
Y cómo lucían su garbo los currutacos y los empolvados sus fraques, mezclados con las chaquetas de mahón o pana y los anchos calzones de nanquín azul o de piel, que vestían los pobres, y los chíquitines sus mameluquitos, con su botonadura de filigrana y su gorrita de paño.

¡Y las damas! ¡Oh! las damas, con todo el baúl de atavíos, y el relumbrón al cuello de la cadena de oro de tres o cuatro vueltas, o la gargantilla deslumbrante, y por de contado, con la criada atrás. Y cómo lucían, o por lo menos lo pretendían, con los mangos, el vestido de chicote de talle alto, de medio paso, o con e! ruedo pesadito, con los chumbos o perdigones de uso, como que para que alguna ventolina no lo levantase indiscretamente.
La seda, la espumilla, el terciopelo, la muselina, el mahón con sus flecos, bellotas o trencillas, lucían en sus trajes, como aquellas mantas de punto de chapa, pañuelos de espumilla lisos o bordados del tapado, y el abanico de nácar, y el ridículo de mostacilla, y la media de patente, y el zapatito de cabritilla, vamos, no faltaban en aquella romería del viejo Recinto para animarla, Doña Sebastiana, con su soberbia cadena de oro, sus grandes pendientes diamantinos, sus abuchados y su par de criadas atrás, entre las matronas, hacía el gasto para el corte femenino en las tertulias a la noche.

Había paseantes que no se contentaban con dar vuelta al Recinto por dentro de la muralla, sino que iban por fuera sobre la contraescarpa del foso, desde el Porrón Nuevo hasta el Parque de Artillería, echando la curiosa mirada a las plantaciones de coles y cebollas que tenían los soldados del Parque dentro del foso. Pero un bufido del centinela, con su vasimbora, más que ligero ponía en retirada a los curiosos.

¡Cuánto puede la costumbre!.

Tan arraigada estaba la del paseo al Recinto, que fueron en su tiempo constantes paseanderos Mezquita, Roo, Meirelles, González, Carabaca, Arrecona, Del Río, Figueroa, Escarza, Rico, Ellauri, Blanco y tantos otros, que aún después del abajo murallas del este, no se olvidaban de él, y por allá iban, aunque soplase el pampero, Meléndez, Tardáguila, Ferrer, Arrue, Nieto, don Juan Benito Blanco con su prole, y don Gabriel Pereira con la suya.

(*) Los subtitulos y subrayados son una licencia que se tomó quien transcribió este texto de Isidoro De María, con todo respeto y admiración.

(1) Isidoro De María (18015-1906). Tipógrafo, periodista, memorialista, político, historiador, Cronista de la Patria Vieja, conoció a buena parte de las figuras históricas que participaron en el proceso fundacional de la República y fue testigo de las primeras décadas de su historia. Intervino en la creación de múltiples periódicos de los que fue redactor, dejando en ellos una enorme cantidad de artículos que, con sus libros y variados escritos, constituyen una obra particularmente considerable. Como inspector de escuelas y autor de textos para la enseñanza, se destacó por sus ideas de avanzada. De acuerdo a Pivel Devoto, es el representante más auténtico de nuestras tradiciones, impregnada toda su obra "de un sentimiento de ingenuo amor al pasado que la llena de encanto y la hace perdurable."

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