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29 sep. 2012

El Cathay 8, la Playa del Barco

El Cathay 8, la Playa del Barco

Los taiwaneses en Montevideo

En los años 70 el Puerto de Montevideo había cobrado especial interés para los armadores taiwaneses especializados en la captura del atún.
Fueron cientos y cientos los buques atuneros taiwaneses que repostaron en Montevideo por aquellos años. Pequeños buques de pesca al palangre de aproximadamente 40 metros de eslora (largo), que llegaban a Uruguay con 20 ó 30 tripulantes a bordo provenientes de las zonas de pesca en el Atlántico Sur. Unos 40 barcos a la vez atracaban en Montevideo por unos 15 días, el tiempo suficiente para descargar, para el descanso, el ocio, reparar y alistar la nave.Y luego volver al mar por 90 días, durante los cuales se capturarían 200 toneladas de atún.
Aquellos jóvenes marinos con un promedio de edad de 22 años, vivían 2 años y medio en estas condiciones antes de volver a sus casas .
El arduo trabajo de colocar dos mil anzuelos a mano en cada línea de 60 kilómetros de largo, en tres turnos y por noventa  interminables días, durante más de 2 años, harían que aquellos hombres terminaran con diversas enfermedades profesionales. Úlceras, amputaciones, mordidas de tiburón, traumatismos, la pérdida de la visión a tempranas edades y a veces hasta la muerte, era el lamentable saldo de aquella dura vida en el mar.

Para entender este sacrificio, digamos que en esa época el atún "Albacora" costaba 1800 dólares la tonelada o sea que el buque entraba a puerto con 360000 dólares en bodega. El sueldo mas alto era por supuesto el del capitán que ganaba 2500 dólares al mes, de ahí para abajo. No obstante el dinero era cobrado por sus familias en la lejana Taiwan.

Para 1976 Christophersen, que era el agente marítimo,  había contabilizado un total de 240 atuneros en nuestro Puerto, negocio que le retribuyó al Uruguay la suma de N$ (nuevos pesos) 20 millones.
Atuneros taiwaneses amadrinados al Tacoma, foto de Julio Morin de junio de 1980.

Los tripulantes y su relacionamiento con la ciudad.

Volvemos a los cálculos escolares para entender un poco.
A un promedio de 25 tripulantes por barco nos da la cantidad de 6000 orientales que deambularon por los bajos de la Ciudad Vieja.
¿Quién no recuerda aquella cuadra de Juan Carlos Gómez, desde Piedras a Cerrito, en la Ciudad Vieja montevideana, y sus "nights clubs", "El Timón", "Lion Rouge", o "El Ancla", de donde se escuchaban los acordes cumbieros de "Cotopaxi" o "Sonora Borinquen",y se percibían envolviendo la noche, aromas de fritangas y  choripanes de los medio tanques callejeros?.
¿Como no recordar el Club de Pescadores Chinos del Uruguay, en la calle Ciudadela al 1300?, donde aquellos que preferían leer diarios o libros chinos, jugar ping pong, pasar música en el toca discos, mirar TV, o charlar con sus colegas, allí podían hacerlo en forma por demás amena.
Y si de recuerdos se trata, no podemos dejar pasar por alto a la cabina telefónica Nº1 de Antel, en Rincón y Treinta y Tres, donde acudían "los chinos"  a hacer las llamadas de larga distancia internacional a su lejana tierra, donde el 222 (guardia policial) les retiraba los documentos para que no se fueran sin pagar. Los recordamos esperando por su llamada de cuclillas formando un circulo en el hall de la cabina.
Cuantas chicas hicieron sus  radiotelegramas vía la Estación Costera Cerrito Radio CWA, dirigidos a los buques en altamar. En pocas palabras comunicaban, "nació el Kuang Lee, mandar plata" y también algún "te amo, mandar plata", pretendiendo, casi piadosamente, conformar al pobre hombre que seguramente ya tenía familia oriental. Ahora se enfrentaba a otra familia oriental, pero de este lado del océano.

Muchas historias urbanas se tejieron alrededor de estos tripulantes, desde que eran presidiarios liberados para realizar esta tarea, hasta que perseguían a los perros para comérselos. Historias que promovían la desconfianza de la población montevideana hacia los asiáticos, acicateada por la incomunicación que el idioma imponía.
La  dictadura militar, gobernante en esa época en el país, llegó a aprovecharse de estos preconceptos.
Algunas muertes violentas ocurridas a bordo, y  la mala fama de algunos patrones, fueron el pretexto ideal para los salvajes asesinos de aquella dictadura. Estos pretendieron  ocultar la identidad de las víctimas de los vuelos de la muerte y justificar esos horribles asesinatos, con la  historia de que esos "NN", que aparecían flotando en las costas uruguayas, eran  tripulantes chinos asesinados abordo durante supuestos motines.
Fue todo una Cultura Portuaria setentosa que se repetiría en la próxima década con el remplazo de los taiwaneses por los pescadores coreanos y en alguna medida con los polacos.

El naufrágio del pesquero taiwanes Cathay 8

Ahora si hecha, esta introducción y entendido que estaban haciendo en estas tierras, del otro lado del mundo, volvemos al balneario La Pedrera, en Rocha, Uruguay, esa noche de hace 35 años atrás, a las 2030 horas del 14 de octubre de 1977,  el Cathay 8 matricula CT6-0023, ingobernable y sin máquinas, cedió al temporal que arreciaba enterrándose para siempre en las arenas de la costa rochense.
 De nada sirvió para la suerte del barco aquel pequeño Buda enclavado en un rincón de la timonera ni el shiang que la aromatizaba.
El buque provenía de la zona de pesca situada a 12 horas de navegación al este de La Paloma, donde termina la plataforma continental, para descargar en Montevideo el producto de aquella faena.

Dos amigos, uno de los cuales prefirió el anonimato, nos enviaron esta fotos que algunas fueron tomadas apenas días después del naufragio cuando se intentaba el recate.

  
 Ya transcurrido el tiempo comienzan a notarse los efectos de los embates del mar sobre el casco


Algún recorte de diarios de aquel acontecimiento guardo todavía en mis cajones.
Durante mucho tiempo la Armada Nacional trabajo con su personal y con el poderoso tenderredes Huracán y la ANP con el remolcador Lavalleja, para liberar al Cathay 8 de su prisión de arena, esfuerzo que fue en vano, ya que el buque no pudo ser vuelto a poner a flote y así su condición de encallado quedo para siempre.

 Otro hecho cultural importante se fue dando durante ese tiempo, el del relacionamiento entre los habitantes lugareños y aquellos  hombres de ojos rasgados y extraño color de piel curtida por el sol y los elementos del Atlántico Sur. La solidaridad del uruguayo se hizo sentir y de a poco fueron acercándose algunos como don Bolivar Villalba, que durante meses acerco más de una olla que otra, para paliar el hambre de aquellos individuos que permanecían a bordo. Esos hombres con su rudimentario español de solo alguna palabra, fueron entrelazando dos culturas muy distintas e incluso salían de visita a las casas de algunos pobladores.
 ¿Cuantas fotos como esta  estarán guardadas entre las pertenencias de los viejos pobladores de La Pedrera?
Con el tiempo el buque fue en parte desguazado y lo que quedó de el comenzó a sufrir el embate de las olas y el salitre partiéndose en dos y desapareciendo cientos de toneladas de acero, para quedar convertido en apenas unos despojos, de lo que fue parte de la proa y la bodega con sus dos escotillas  de aquel buque pesquero, uno de los barcos  de los "domadores del Atlántico Sur", pero dejando para siempre en el recuerdo grabado su nombre: "Cathay 8 y la Playa del Barco"

viajeros.com

Agradecemos la colaboración de Gabriel Rodríguez
Fernando Pontolillo para Cultura Marítima y Portuaria