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23 jun. 2012

EL MUELLE Isidoro de María

Compartimos el texto "EL MUELLE" del libro “Montevideo Antiguo: Tradiciones y recuerdos” del escritor  y  “cronista de la patria vieja “, Isidoro de María (*).



“De todas las obras publicadas por este hombre modesto y laborioso es, sin duda, Tradiciones y recuerdos. Montevideo antiguo la que mejor lo representa y la que tiene más atractivos para el lector no especializado. Pero es no sólo la obra más representativa de su autor sino también uno de los más vivaces testimonios sobre el pasado de nuestra ciudad. Las páginas del libro nacen de una actitud nostalgiosa, de un claro amor por un pasado fugitivo cuyo recuerdo se quiere hacer perdurable. Testigo durante casi un siglo de las transformaciones sufridas por su ciudad natal, lleno de "recuerdos que no han borrado de la imaginación los años", De Maria espigó, según sus propias palabras, en las cosas viejos de nuestra tierra, "para que no se pierdan y vivan en la memoria de los presentes y las conozcan los que vengan atrás. Leer las crónicas de Isidoro De Maria, a quien sus contemporáneos vieron, en sus últimos años, como una encarnación viviente del pasado, es reencontrarnos a nosotros mismos en nuestros antepasados." Arturo Sergio Visca


 


(*) Nacido en Montevideo en enero de 1815, Isidoro De Maria murió en la misma ciudad, a los 91 años, el 16 de agosto de 1906.









  EL MUELLE 1770-1824 

Desde que vino al mundo a principios del siglo pasado, la hija predilecta de Zabala, el de brazo de plata, en esta Banda del Río, sirviéndole de padrinos San Felipe y Santiago, no conoció muelle de embarco y desembarco en su ribera para sus pocos habitadores hasta allá por el año 70, en que con motivo de la creación de Aduanas, dispuso del Pino, u Olaguer Feliú, la formación de uno de piedra, que mal O bien supliese aquella falta en un puerto en que anclaban navíos y fragatas, Hasta entonces, trabajito les mandaría para embarcar y desembarcar de las lanchas, en los dos puntos llamados desembarcadero principal en la ribera del narre, que venían a quedar en la dirección de las calles de San Juan y San Felipe, haciendo gimnástica en las peñas y tomando acaso sus buenos baños. No era de extrañarse que la naciente creación de Zabala careciese de muelle en sus principios, corno de tantas otras cosas necesarias, que debían ser obra del tiempo. Pero con el establecimiento de Aduana se hacía más necesario algo así como muelles, y se empezaron a construir por los años 80 u 81 unas gradas o escalinatas de tosca piedra a orillas del mar, e n dirección de la calle de San Felipe, en una punta saliente de tierra, en las cercanías de las futuras Bóvedas. Una media docena de escalones de piedra, en una extensión como de 20 varas de largo, frente al norte, y una calzada después de anchas losas del mismo material, con declive, que se internaba en el mar, en el costado este, para facilitar el embarque y desembarque de equipajes y alguna carga, constituyeron el primer muelle del puerro de Montevideo, que, mal que mal, sirvió por no pocos años. Todo tenia que ser relativo. Tal fue nuestro muelle primitivo, cuyas pobres escalas bañadas y cubiertas tantas veces por el río salado como mar, en las grandes crecientes, que llegaron en más de una ocasión a inundar toda su planicie, internándose sus aguas hasta la Esquina del Reloj, pisaron muy orondos, como el más humilde hombre de mar, figurones de la época, desde Olaguer Feliú, Bustamante y Guerra, Huidobro y Elío, hasta Cisneros el último de los virreyes del antiguo virreinato del Río de la Plata, 0, como quien dice: "el último mono se ahoga". Pero la buena hija del muy noble y amoroso don Bruno ya era grandecita, con otros gustos y necesidades, y aspiraba a colocarse en otra altura, más en consonancia con ellos. Poco o mucho, la población había incrementado en proporción a lo que representaba 20 años antes, y el comercio empezaba a tomar otra faz distinta a la del tiempo de las amapolas. De manera que ya pedía en su lindo puerto, algo mejorcito que el primitivo muelle, que facilitase las operaciones de embarco y desembarco. Preocupándose el Consulado de llenar esa necesidad, dotando a Montevideo de un muelle en forma, aunque no lo tenía "ni la gran capital del sur" - Y eso que era dueña absoluta de sus destinos, - se resolvió a emprenderlo a costa de cualquier sacrificio en el año 2l. En ese año los miembros del Tribuna l Consular pusieron manos a la obra, emprendiendo la meritoria del Muelle de madera. que nos sirvió por. más de 3D años en el mismo lugar que ocupó el primitivo del tiempo del Rey, conservando para memoria y utilidad, bajo del tablado, los viejos y toscos escalones de piedra del antiguo, a cuya sombra tantos y tantos bañistas en el t raje de Adán tomaron sus ricos baños (como decían) , braceando por entre aquellas morrudas vigas que lo sostenían, y encaramándose entre risotadas en los travesaños, para tirarse de nuevo al liquido elemento, "como patos al agua", dando cada zambullida que nos daba miedo, para ir a salir a lo lejos, a la superficie, rodeando como toninas alguna balandra cargada de duraznos del Paraná, o asaltando alguna lancha del tráfico, par a representar en ella "cuadros vivos". Por de contado, la cosa de la obra emprendida no era como soplar y hacer botellas, demandaba recursos y tiempo; pero los buenos cónsules tenían voluntad y fe, y luchando con dificultades, agotando sus cortas rentas, la llevaron adelante, quedando terminada de todo punto en abril del año 24; poniendo al servicio público un bonito y espacioso muelle de unas 70 varas de largo por 35 de anchura, poco más o menos , con sus dos escaleras para subir de tierra, y otra de mayores dimensiones sobre el mar, en la punta del muelle al noroeste, para el embarco y desembarco de pasajeros y marinos, con su dotación roda el tablado de barandilla y asientos, como para tomar el fresco y recrear la vista en la bahía. "Ya tenemos muelle, gracias a Dios", dirían con legítimo gozo, De la Mar, Gama Cortinas, Vilardebó, de las Carreras, Echevarriarza y García de Zúñiga, Prior y Cónsules a la sazón. Y no era para menos haber logrado poner una' pica en Flandes. Con razón decía el mismo Consulado, en oficio de mayo de ese año al Barón de la Laguna, con motivo de sohcitar algunos auxilios para recomenzar la obra abandonada del fanal de la Isla de Flores: "Agotadas las rentas del Consulado en la grande obra del Muelle, que ve hoy concluida con aplauso y satisfacción pública; trasmitidas de ellas a la caja principal apenas crecidas en los apuros y atenciones del Gobierno; empeñados ahora los cortos proventos con que cuenta, en la construcción de una lancha de auxt1io, que pronto verá el comercio sobre las aguas de este puerto, tiene necesidad esta corporación de recurra a V. E. para suplicarle se digne auxiliada con algún contingente, en cuenta de las sumas que adeuda el Estado a esta Tesorería, para recomenzar la obra del fanal en la Isla de Flores". Ya puede uno figurarse la novedad que causaría a los estantes y habitantes del antiguo Montevideo la cosa del muelle, y con qué gusto no afluirían a verlo, y cuánto jarabe, de pico no se gastaría en los comentarios de cada cual. Era lo más natural y contaban las crónicas que en los transportes del gozo casi pierden los estribos los viejos de la comarca, sofocando a abrazos al Prior y Cónsules, y hasta a Polleritus, héroes de la fiesta en el estreno, a quienes por poco no los llevan en silla de brazos desde el Muelle hasta los altos del conventillo del Padre Sauco, donde tenían su humilde oficina, como me lo habían llevado a Viana el año 9 los partidarios de Elío desde el desembarcadero, cuando se vino golpeándole la boca a Liniers con los confinados en Patagones. Cuenta también la tradición las monas de los boteros festejando el nuevo muelle, pichincha en regla para el café de la Gallega, donde hubo vaciamiento de limetas. En lo que sí nos dejó a oscuras, fue sobre si hubo repiques, música y proclamas, aunque parece que las gentes de aquel tiempo, sencillas y naturalotas, no eran muy aficionadas al bombo, y que preferirían a la bullanga una misa a Nuestra Señora de los Milagros. Lástima es que no supiéramos los primeros cargamentos que estrenaron el muelle, que bien pudieron ser de tabaco preto, sacos de azúcar, fariña o cachaza para matar el bicho, importado por las casas de Mendoza, Guimaraens, Gestal, Vilardebó o Noble, pata inmortalizarlos, pero contentémonos con saber que hubo muelle, sacándole la oreja a la hermana mayor. Y hubo rabonas de los muchachos por ir a curiosear, por aquello de ¿dónde vas Vicente? y subirse al tablado. ¡Ah el tablado del Muelle! - Cuántos lo recordarán todavía, pésele al acusativo las Canas, que en su primera lección de gramática parda, le aplicaba El Porteño de la otra orilla, por aquellos tiempos, a don Magnífico Emplastos, pareciéndoles rejuvenecer, como uno que conocemos mucho, pasando en revista las historietas y buenos raros de él, pescando, comiendo duraznos, o matando el tiempo de cualquier modo.  Todavía se nos figura ver en él con un Virginia en la boca dándole a la sin hueso, a Calado y Portela y departiendo sobre sus lanchones, o al práctico portugués Antonio Silva, jaraneando con Pepe Onza. O a Meirelles, Antoñico y Queiros, tratando con calor de sus negocios, saliendo a relucir los clavos, las damajuanas, los ticholos y las garrafas, y la manganeta jugada poco antes por allí por el Mayor de Plaza a don Alvaro. A Serna y Rivas tomando un polvo al fresco, o a Gradín y Masera echando el anteojo a alguna zumaca que venía entrando al puerto. Pero dejemos esas cosas, y la manganeta o jugada del portugués a que aludimos, que se quedó en la plaza al embarcarse los lusitanos para hacer entrega de las llaves de los portones a los imperiales (que, entre paréntesis, guardamos con la cerradura como curiosidad para memoria), mandando a bordo con astucia un pesado baúl bien cerrado, simulando su equipaje, en que en vez de ropa iban piedras, con la intención, que cumplió, de dar la espalda a los voluntarios del Rey, y quedarse con los imperiales. ¡Si sería diablo el portuguecito que les jugó esa mano! Vamos al grano del muelle, sucesor del de piedra del tiempo del Rey, con sus peripecias, hasta el de la patria neja. El muelle de madera, obra del Consulado, que bien pudo llevar su nombre, puesto que se hizo con su mosca, fue el único que hubo en toda la ribera para el servicio público, desde el año 24 hasta el 41. ¡Ah veterano lindo! ¡Cuántas pipas de vino, botijuelas de aceite, tercios de yerba, rollos de tabaco, sacos, fardos y cajones no pasaron por él tanto tiempo, para el soberano pueblo y provecho de la Caja grande de onzas de oro y patacones, salvo, por supuesto, los contrabanditos, y alguna jugada semejante a aquella de las cebollas, en que se convirtieron las piezas de género en depósito. Con tanto rodar por él pipas y barriles, y soportar tanto peso, el pobre debía sufrir; pero guapo siempre, no se doblaba, ni se le oye un quejido. Sin embargo, merecía un auxiliar, tanto más cuanto que el fomento del movimiento mercantil lo hacía Insuficiente para las necesidades. Surgió entonces la idea del Muelle Victoria, que puso en planta el inglés más antiguo por su permanencia en la ciudad de San Felipe y Santiago, que lo contaba entre sus buenos vecinos desde el año 14. ¿Cómo se llamaba? Don Juan Gowland, y por más señas, jefe de una familia distinguida, y miembro honorable del comercio de esta plaza. Hombre de empresa, abordó la construcción de su muelle, en dirección de la calle de San Benito (hoy Colón), quedando terminado el año 42, que fue de prosperidad. Desde entonces ya tuvo un compañero el veterano del 24, Y no chico, ni de poco costo, pues costóle a nuestro buen inglés más de 20 mil morlacas. Sus dimensiones eran 128 varas de longitud y todo el ancho de la calle. En cuanto a solidez, baste decir que en vez de vigas, descansaba sobre robustas columnas de fierro, cuyo material compró en esta plaza, y con él hizo construir, razón por que le entró en más costo, subiendo a 21 mil pesos. Con su ejemplo, empezó la imitación de los muelles en las barracas, comenzando por la de Valentín y siguiendo Deville y la del Mar, etc. Porque eso sí, para lo que es imitar mal o bien, pegue o no pegue, como los muchachos que se pirran por remedar a los grandes con el cigarrito, en capear al toro, en bailar en la cuerda floja como los pruebistas, en darle al taco, o en soltar ajos y cebollas, no hay que hablar, como si el remedo fuese un mal endémico heredado, Y más si el ejemplo viene de fuera, de París, Londres, Berlín, Milán, o de! gran Mogol. Y no digamos que el espíritu de imitación es enfermedad de las mujeres con las modas, porque las pobres por copia hayan usado en un tiempo los trepamuleques, los bucles, los buches, el talle alto, la cola, el escote, el turbante, la polka y la mantilla, y en otros el peinetón, el talle bajo, el miriñaques, y el polizón de bulto y compromiso por seguir la moda, porque el sexo fuerte, desde el capote, el calzón corto, la coleta empolvada, la chaqueta y la cola de pato, hasta el chaqué, el paletó, el corbatín, la corbata, la galera, el bigote y la pera, le han dado tres rayas. Por fin, aquella imitación de los muelles era de otra clase, nada tenía de malo, ni ridículo, y al seguir el ejemplo de Gowland, se hacía acreedora de aplauso. ¡Ah si todas se le pareciesen! Desgraciadamente, soplaron malísimos vientos por entonces, con el cometa del 43, que todos vimos aparecer al oeste, y le salió la cuenta errada a nuestro Gowland con su muelle, que al fin y al cabo vino a dejarnos el cuento. ¡Y qué bonito era! ¡Lástima que no hubiese vivido tanto tiempo como el del 24! 
Después de la tremenda época, que a tantos dejó tocando tabletas, y gracias si con el pellejo sano, soplaron vientos más bonancibles, y nació el muelle jefe de la nueva Aduana, eclipsando al veterano de madera del año 24, cuyos vestigios aún pueden verse, pero sin preguntarles los misterios de su fin, ni acordarse de aquello de las playitas, dejando al cuidado que sirvió tanto, o a su sombra, que diga lo de: Aprended flores de mí, Lo que va de ayer a hoy: Ayer maravilla fui, Hoy sombra mía no soy. Pobrecillo, si viviera ahora, ¡cómo se quedaría mirando la mar de muelles de todas clases que rodean las riberas, donde un día se alzara solito, como rey en ellas!