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18 abr. 2012

Elogio y elegía de los viejos barcos

 Elogio y elegía de los viejos barcos
Miguel Ángel González
http://www.grijalvo.com/Miguel_Angel_Gonzalez/Elogio_elegia_viejos_barcos.htm

“…no quiero llevar al lector al terreno de mis ingenuas añoranzas, porque sé muy bien que la lírica no fue la tónica de los viejos barcos que olían a pintura y vomitona, que soltaban por la chimenea la misma carbonilla de los trenes y que cuando nos tocaba viajar en cubierta, además del frío, nos regalaban el tufo de una fauna variada de gallinas y conejos que viajaban en jaulones, amén de caballerías de las que sólo nos separaba un grueso toldo.


Con ello quiero decir que lo que yo recuerdo con cierta melancolía de los viejos barcos no son aquellas incomodidades, sino sus virtudes, que también las tenían. Era el caso del increíble escenario que ofrecían en su 'clase preferente': grandes salones -piano incluido- con cortinajes de terciopelo rojo, mullidas alfombras, comodísimos sillones y divanes, escaleras con pasamanos torneados en maderas nobles, techos artesonados y majestuosas arañas de cristal que, más que en un barco, nos situaban en un pequeño palacete.


Los camareros iban escrupulosamente uniformados -pantalones negros, zapatos relucientes, chaquetilla blanca, botonadura dorada y pajarita-, y servían las mesas como si los comensales estuvieran invitados a una cena de gala.


En aquellos tiempos garbanceros y grises -años cuarenta y cincuenta del siglo pasado-, quienes podían viajar en 'primera clase' entraban en aquellos escenarios proustianos como si fueran los protagonistas de una película. Y lo sorprendente es que también nosotros, los sufridos viajeros de 'tercera clase', conservamos un recuerdo entrañable de aquellos barcos. Posiblemente, porque el viaje tenía todavía un sentido iniciático, un poso de aventura y un aire romántico que hoy hemos perdido. En aquellos barcos, las despedidas eran lentas, era lento el viaje y eran lentas las arribadas”. ………..”


Viajar requería tiempo y la duración de la travesía nos hacía conscientes de aquella separación, de aquella distancia, de aquel alejamiento. Hoy el pasajero no siente el aire salobre en su cara ni goza de la visión del oleaje.


No puede tumbarse en una chaise-longue en la cubierta arropado con una manta y ver como las gaviotas, atentas a los ojos de buey de las cocinas, siguen la estela del barco. Posiblemente, aquellos barcos -en lo mejor que tenían, no en sus defectos- son ya irrecuperables.


De hecho, los cruceros a los que hacía referencia ofrecen tal mixtificación en sus ofertas -tiendas, piscinas, cines, peluquerías, casinos y excursiones a golpe de pito en sus precipitadas escalas-, que tampoco han conseguido recuperar aquellas virtudes de los entrañables paquebotes que, por lo que parece, definitivamente, sobrevivirán sólo en la memoria.




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