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1 jul. 2011

“PRINCIPESSA MAFALDA”. Construyendo una vida luego de la tragedia. (2ª Parte)

En el artículo anterior dejamos el puerto de Montevideo en la mañana del 4 de Noviembre de 1927 en momentos que un inmigrante italiano, Arturo Vetuschi náufrago del “MAFALDA”, descendía del “DUCA DEGLI ABRUZZI”.
Vetuschi de 24 años había abandonado el servicio militar en su país natal y había decidido viajar a Brasil al no poder continuar con una relación sentimental que le estaba prohibida por ser el hijo de un carpintero de pueblo y la joven en cuestión descendiente de una familia influyente de su lugar, esta frustración a la que era sometido Arturo Vetuschi le llevó a querer alejarse y eligió en sus opciones trasladarse hasta América del Sur.
Aturdido por lo vivido en aguas del Océano Atlántico y mientras aguardaba su turno para llenar unos formularios de ingreso al país, comenzó a dialogar con otro sobreviviente, Vetuschi relata a su compañero de tragedia como lo sorprendió el accidente:

“Yo viajaba en tercera, junto a muchos “paisanos” también emigrantes, y como por esa época me gustaba mucho la música, me presté para tocar el trombón y el saxo en una improvisada orquesta que se armó para alegrarnos la travesía.
El buque venía navegando con dificultades, pero en principio nadie se alarmó, pues el capitán y la oficialidad manifestaron que se trataba de algo intrascendente.
El día del naufragio también tocaba pero yo estaba con fiebre y preferí quedarme en un principio en cama, ni siquiera almorcé; pero al sentir el sonido de los instrumentos me levanté y me dirigí hacia el comedor de tercera. Al llegar tomé el trombón y me uní a las canzonetas.
Serían más o menos las 18 horas, cuando una formidable sacudida hizo vibrar a todo el barco, que se paró en seco; algo así como la brusca frenada de un automóvil”.


Vetuschi junto con sus compañeros de viaje subieron velozmente por la escalera que conducía a la zona de cubierta que les correspondía por viajar en Tercera Clase y en la cual podían respirar aire fresco e improvisar caminatas cortas; al llegar lo primero que hicieron fue observar el agua que rodeaba el barco:

“El mar estaba calmo y no había rocas ni islas a la vista. De inmediato, el Capitán Gulli – que habría de tener un comportamiento ejemplar – habló a todo el pasaje recomendando total calma. Se supo, sin embargo, que se había partido el “árbol” de la hélice, y la cosa venía brava. No hubo pánico en esos momentos, y la orquesta volvió a tocar en tercera clase, aunque en primera y segunda, la gente ya se mostraba por demás nerviosa; según las noticias que nos iban llegando. El “Principessa Mafalda” – un lujo para la época – traía 1.255 pasajeros, la mayor parte de los cuales tenía como destino Argentina y Uruguay y en menor porcentaje Brasil”.


Vetuschi retornó nuevamente a la realidad para comprobar que todavía tenía delante de él a tres personas en aquel gris edificio que lo recibía en Montevideo, giró de nuevo su cabeza y siguió relatando sus vivencias:

“Por la noche, el mar se picó y el viento se hizo muy fuerte, notando todos que la nave se escoraba peligrosamente. La tragedia se estaba consumando y en muy poco tiempo, se inundó el comportamiento de máquinas, dejando al transatlántico sin control”.
“Luego el agua ganó los pasillos y camarotes. A partir de ese momento fue la locura, el pánico inenarrable. Hombres, mujeres y niños corrían de un lado para el otro, mientras el heroico capitán Gulli hablaba por los altavoces reclamando calma, ya que se pondrían en funcionamiento los botes salvavidas.
Nunca me olvidaré de la ubicación en que estábamos: latitud sur 11’ 48 y longitud este 37’ 41, en un punto intermedio entre Bahía y Espíritu Santo. Resulta imposible contar lo que ocurrió hasta las 9.30 del día siguiente, o sea en el momento en que el barco se hundió para siempre.
La evacuación se hizo en medio de gritos, corridas, llantos, escenas de histeria y de pánico.
Los botes fueron habilitados con celeridad pasmosa, pero hubo mucha gente que no se contuvo y se arrojó a las aguas, pereciendo ahogada o devorada por los tiburones.
La muerte rondaba en torno mío y fue aterrador…”.


Sus palabras fueron abruptamente interrumpidas cuando desde un escritorio de madera se le indicara por parte de un amable caballero, que se adelantara. Se le solicitó algún tipo de documentación con la que contara, a lo cual Vetuschi indicó que nada poseía porque todo se había perdido en el naufragio.
El funcionario que frente a él se hallaba sentado le expreso que ante esto debería hacerle un breve cuestionario, tomarle una fotografía y que en dos o tres días sería necesario se presentara ante una comisión que se formaría con representantes uruguayos y de Italia.

Terminada aquella instancia sale y recorre los muelles del puerto con paso lento, ahora más tranquilo empieza a recordar su casa, sus padres, su novia, su pueblo. Se percibe solo en una tierra extraña, sin nadie a quien recurrir ni lugar a donde dirigirse. Por un instante sintió el impulso de dejarse caer a las aguas de la bahía.


Juan Pedro Gilmes