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22 jun. 2011

EXPOSICIÓN "A BUEN PUERTO"




Valioso diálogo entre un pintor argentino y un escultor uruguayo

Instalación. "A buen puerto" se ve en el Espacio Cultural Contemporáneo .


JORGE ABBONDANZA
La exposición conjunta del escultor Carlos Guinovart y el pintor Sergio Boccaccio -"A buen puerto"- puede verse en el Espacio Cultural Contemporáneo, ubicado en Plaza Independencia al 737.
No es fácil para dos artistas compartir la responsabilidad de una muestra. El pacto es todavía menos fácil si trabajan en disciplinas distintas, como la escultura por un lado y la pintura por otro. Pero el uruguayo Carlos Guinovart y el argentino Sergio Boccaccio (ambos nacidos en 1965) establecieron un acuerdo que es también una confluencia temática para hablar del puerto a través de este montaje que se mantiene habilitado en las salas del bienvenido reciclaje que alberga al Espacio Cultural Contemporáneo. El resultado que obtiene esa muestra vale la pena, aunque el espacio totalmente vacío de público (lunes 20, 17 horas) inquieta por la deserción de asistentes que aflige en general a las actividades plásticas montevideanas. Ese abandono de lo que alguna vez tuvo una frecuentación numerosa y vital en esta ciudad, es un dato revelador -tanto en galerías privadas como en recintos públicos- del proceso de declinación cultural y desencuentro que caracteriza hoy a los hábitos del que solía ser un sector sensibilizado de la población.
Al margen del fenómeno, corresponde enfatizar el interés y la calidad expresiva de lo que exhibe el binomio Guinovart-Boccaccio. El paisaje portuario permite al pintor argentino desplegar con notables bríos de lenguaje un friso de barcos y muelles, armado sobre paneles que integran una enorme composición mural. Allí su escorzos de proas, cascos y cubiertas están resueltos con una paleta restallante de amarillos, rojos y azules, pero además están dinamizados por unos trazos de tal vigor y por una desenvoltura de gestos tan envidiable, que sólo cabe atribuir a las ventajas que presta un largo oficio y una dedicación indomable a la tarea, por no hablar del virtuosismo que recorre esa superficie y el generoso empaste que lo enriquece.
El caso de Guinovart era más previsible para observadores locales, porque en las últimas dos décadas el artista ha dado ejemplos de su calibre y de la libertad con que sabe manejar sus herramientas escultóricas. Ello le permite combinar el empleo de la madera y el metal con las capas de color que vuelca para alcanzar un desenfado y una energía que con anterioridad ya lo ubicaban entre las figuras más atrayentes de la escultura contemporánea a nivel nacional. Aquí se reiteran esas credenciales, no sólo en la soltura artesanal con que ensambla tablones y varillas para edificar sus poderosas imágenes, sino asimismo en la gracia del ademán que las carga de alusiones sobre grúas, faros y guinches como si sonriera en la intimidad al elaborar esas construcciones. El efecto es posible a través de la maestría y de la mirada de complicidad con que el artista comparte sus propuestas, que demuestran una plenitud en el dominio de la materia empleada.
Es interesante reparar en el ajuste que existe entre las piezas aportadas por ambos expositores, porque va más allá de la simple suma de dos presencias temperamentales. Se manifiesta en la deliberada duplicación de algunos motivos (unas escaleras, un puente elevado) que relacionan ambos lenguajes y también se percibe en la proximidad visual (algunas plataformas del escultor sobrepuestas a la pintura) para descubrir la cuidadosa preparación común que exigió este panorama trabajado a cuatro manos. Hay una armonía de propósito -y también una alianza de recursos sensibles- en los productos del dúo, lo cual redobla el placer del visitante al internarse en ese cruce de los caminos del talento.

Carlos Guinovart