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18 jun. 2011

Rosas y Artigas la barbarie, Montevideo la civilizaciòn:LA NUEVA TROYA DE ALEJANDRO DUMAS



ARTIGAS DE CAPA Y ESPADA:



El autor de los tres mosqueteros y El conde de Montecristo relata con aliento de capa y espada la guerra que enfrentó a argentinos con uruguayos durante ocho años, cuando el país era la "Santa Federación" y Uruguay, la Banda Oriental.


Dumas, que nunca pisó el Río de la Plata, se apasionó con la resistencia de esa pequeña ciudad, dónde casi la mitad de la población era francesa. En el pico de su popularidad, puso su pluma al servicio de los orientales que, apoyados por los unitarios exiliados del rosismo, se enfrentaron a las tropas de la Confederación.



La Nueva Troya

A los heroicos defensores de Montevideo.
Alejandro Dumas, escritor al servicio de Montevideo y adversario de Rosas.

Este libro de Alejandro Dumas es mucho más que un nuevo jalón que se suma a lo escrito por el antirosismo: con el mismo tono del folletín, como si se tratase de una aventura digna de mosqueteros, Alejandro Dumas logra apasionarnos, convirtiendo en personajes a los protagonistas de la historia grande del siglo XIX en el Río de la Plata.

Los hechos son medianamente conocidos: en 1842, Manuel Oribe pone sitio a Montevideo. Rosas lo apoyará abiertamente, como manera de intentar controlar a una oposición que lo ataca desde cuánta capital cercana puede.

Los sitiados se defienden no solo con artillería bélica. Envían a Europa a Melchor Pacheco, para que logre adeptos para la causa. Los franceses son viejos enemigos del caudillo federal, y el escritor estrella de ese entonces se enfervoriza con el relato (totalmente parcial, obviamente) de Pacheco y así lo deja consignado en la Nueva Troya.

Con maestría de narrador impecable cuenta la historia desde el descubrimiento hasta sus días, recreando de manera muchas veces libre (nunca pisó estas tierras), los hechos decisivos de la independencia y las luchas entre unitarios y federales.

En ese panorama, Rosas y Artigas son la barbarie, y Montevideo es la civilización. Interesante uso de ambas palabras, que ya habían sido instituidas por Sarmiento en 1845, cuando, exiliado en Chile, publique en el diario El Progreso Facundo, en formato de folletín, veinticinco entregas entre los meses de mayo y junio.

Ya en 1850 Dumas levantó polvareda, y la refutación publicada inmediatamente de publicado "La Nueva Troya" es recopilada y ampliada por Antonio M. De Freitas en el almanaque del banco de Seguros del estado del año1967 :

CONTROVERSIA SOBRE ARTIGAS EN 1850
por ANTONIO M* DE FREITAS


L A desaparición de Artigas del escenario político del Río de la Plata en 1820, no le quitó permanencia en el recuerdo y en la discusión. Correrán los días y los años, pero él seguirá siendo el abanderado de una gran causa, recogiendo devociones y afectos, pero también odios y calumnias.
Cuando los anales señalan los sucesos de la llamada Guerra Grande, Artigas continúa en la plenitud de su presencia.
Es así, que en homenaje al Jefe de los Orientales y a! histórico Congreso de abril de 1813, en la linea sitiadora de Oribe —recogemos de los apuntes de las clases de historia, del sabio e inolvidable, doctor Felipe Ferreiro— se estableció ahí —en Tres Cruces— un fortín "y le puso con ese motivo el nombre de Artigas, lo dice copiosamente el documento". Anteriormente, en los años 1835 y 1837, se proyectó incluir en la nomenclatura de las calles de Montevideo, el nombre de Artigas, eligiéndose para ello la calJe llamada entonces San Benito. Es de destacar que en la lista de nombres redactada por don Andrés Lamas, durante el sitio, para nada se recuerda al héroe. En eí decreto de mayo de 1849, firmado por Oribe en el Cerrito, se expresa: "la calle que ha tenido hasta aquí el nombre de Restauración, se denominará en lo sucesivo calle del Gral. Artigas". Esa calle es la actual Av. 8 de Octubre —y, según el primer historiador Artiguista, José Pedro Pintos, se llamaría Villa Artigas, lo que hoy es la Unión.
No nos detendremos en el recuerdo de la espada obsequiada al prócer por Córdoba, recuperada por Leandro Gómez en 1842. Deseamos sí. Destacar los juicios impresos en el libro del cotizado y valioso escritor de aquellos días Alejandro Dumas, titulado "Montevideo o una Nueva Troya" que aparece en 1850. Como esta obra será editada por el Ministerio de Instrucción Pública, en fecha próxima, consideramos interesante transcribir sus palabras sobre Artigas y enfrentarlas con la corriente contraria que bajo el título de "Refutación a la Nueva Troya de Alejandro Dumas" se publicó desde el campo sitiador del Cerrito en el diario "El Defensor de la Independencia Americana".
Corresponde agregar que !a obra de Dumas fue inspirada por las informaciones del enviado del Gobierno de Montevideo en París, General Don Melchor Pacheco y Obes. En cuanto a la redacción de la "Refutación", se atribuye al General Antonio Días, al Dr. Villa demoro o al Dr. Eduardo Acevedo. Nosotros modestamente incluiríamos en esa lista a Leandro Gómez, ferviente admirador de Artigas, cuyo estilo puede confundirse con sus proclamas y sus escritos sobre el fundador de nuestra nacionalidad.
En "La Nueva Troya" se exalta la personalidad del Capitán de Blandengues don Jorge Pacheco, padre de Melchor. Dumas lo presenta como Comandante de la campaña y en lucha con Artigas. Dice: "Durante cuatro o cinco años él persiguió a Artigas, venciéndolo siempre donde se encontraba; pero Artigas jamás se dejaba apresar, y reaparecía siempre al día siguiente de cada derrota. El hombre de la ciudad fue el primero en fatigarse de esa lucha y, como uno de aquellos antiguos romanos que sacrificaban su orgullo al bien de la patria Pacheco fue a ofrecer al Gobierno español con la renuncia de sus poderes, a condición de que se nombraría en su lugar a Artigas como nuevo jefe de la campaña, ya que era sólo éste quién podría poner fin a la obra que él no podía cumplir: la exterminación de los contrabandistas". "El Gobierno aceptó, y, como esos bandidos romanos que después de hacer acto de sumisión ante e! Papa, se pasean, luego, venerados por las ciudades donde sembraron el terror, Artigas hizo su entrada triunfal
en Montevideo, y reanudó la obra de exterminación en el punto en que ella se había escapado de las manos de su predecesor. Al cabo de un año, el contrabando, si no aniquilado, por lo menos había desaparecido. Todo esto ocurría hacia 1782 ó 1783". Más adelante hace referencia a la revolución de 1811 y expresa: "Artigas fue de los primeros que saludó a la revolución como libertadora; se había puesto a la cabeza del movimiento de la campaña, y había ido a ofrecer a Pacheco su renuncia del comando, como otrora Pacheco lo había hecho por él. Este cambio iba probablemente a realizarse, cuando Pacheco fue sorprendido en su residencia de "Casa Blanca" sobre el Uruguay, por marinos españoles. Artigas no dejó de continuar su obra libertadora.
En poco tiempo arrojó a los españoles fuera de toda aquella campaña de la que se había hecho Rey y los redujo a la sola ciudad de Montevideo".
Desde "El Defensor de la Independencia Americana" se contesta a Alejandro Dumas:” Sin comentarios damos la "Refutación". En ella se hace referencia al Genera! Jorge Pacheco y se entra a la defensa de Artigas: "No pudo ser tampoco Jorge Pacheco " en ningún tiempo antagonista del " distinguido General Artigas, a quién, " no obstante, Dumas supone derrotrado muchas veces por el Capitán "de Blandengues (Pacheco).
"El ilustre general don José Artigas, "desde que apareció en la escena poli tica fue un caudillo popular en la " Banda Oriental del Uruguay, y no es cierro que pudiese existir la diferencia que hace Dumas del hombre " de !a ciudad y del hombre del campo, "entre el motor de la Independencia "Oriental (Artigas) y el Capitán de " Blandengues (Pacheco).
"Artigas, valiente como un viejo español, sutil como un charrúa, vivo como un gaucho —dice Dumas—"tenía algo de las tres razas, si no en la sangre, en el entendimiento".
"Es por cierto bien mezquina la idea "que el novelista da respecto del general D. José Artigas, de quien debiera hablar con más mesura, no sólo en " obsequio de la verdad, sino en consideración, cuando menos, al respeto con que en todos los países del mundo es debido tratar a los hombres grandes.
"El nombre del ínclito general don José Artigas es conocido mucho más allá de la América Meridional, no sólo por su bravura y denuedo, "sino por los sagrados intereses que defendió y los sanos principios que guiaron su carrera pública. Su país fue siempre para él, amado; el orden fue la religión de sus soldados y la felicidad de todos sus conciudadanos fue para él una necesidad de su existencia.
"En demanda de tanta justicia y de tan caros intereses, fue que acaudilló las masas de la campaña y proclamó el primero de todos, entre todos los orientales, la independencia de la Banda Oriental.
"El nombre de Jorge Pacheco de nadie es conocido fuera de este país.
"Aquí algunos ancianos patriotas lo recuerdan con execración por las horrorosas crueldades que sobre ellos ejerció y de que más adelante hemos de ocuparnos.
"Artigas, uno de los primeros —dice Dumas-— había encabezado el movimiento de la campaña y entonces reconociendo toda la superioridad que tenía sobre él, el general Pacheco como hombre de estrategia, de bata l l a s campales, había venido a ofrerle el mando...". -*
"Basta: es la más atrevida desvergüenza que podría ocurrirse a la idiotez de Pacheco y Obes, el hacer que Alejandro Dumas escribiese semejante desatino. ¡El distinguido general Artigas ofrecer el mando al Capi tan de Blandengues!... a Jorge Pacheco! el mando del ejército de patriotas, en los momentos en que la Banda Oriental lo proclamaba su jefe, y en tanto que la revolución americana le habría las puertas a una carrera gloriosa, a que Artigas pudo noblemente aspirar, y a cuyo fin efectivamente llegó aplaudido por los hombres libres, no sólo de la Banda Oriental, sino de otros muchos pueblos!...
"¿Pues hay una idea más ridícula?
" ¿Qué superioridad podía entonces reconocer el ilustre General Artigas en el Capitán de Blandengues (Pacheco)?
"Superioridad de estrategia —dice Dumas— como hombres de batallas campales".
";Pues no es esto el más acabado desatino? ¿No es burlarse desafortu nadamente de la verdad atribuir conocimientos de estrategia a Jorge Pacheco?
"¡Ah!... es como dice el adagio, pretender que dé peras el olmo. Porlo mismo esto ni debía refutarse además que afortunadamente hay muchos hombres todavía contemporáneos de Jorge Pacheco, que le conocieron demasiado para reírse a carcajadas al leer tan enorme desvergüenza.
"Dice Dumas que iba a verificarse el cambio cuando Pacheco cayó en una emboscada y que por eso no lo realizó.
"Y agrega que así mismo no desistió Artigas de su empresa de libertar al País; que en poquísimo tiempo arrojó a los españoles de la campaña donde se había entronizado y que los encerró en Montevideo. He ahí el desmentido más claro que podía darsea tal miserable fábula. El hombre de estrategia, el hombre de batallas campales, Pacheco, el Marius, cayó en una emboscada, y, no lo era, el que iba a ofrecer el mando de aquél, el Genera] Artigas, en poquísimo tiempo y sin el nuevo Marius, arrojó de la campaña a los españoles y los encerró en Montevideo.
"Pero volvamos a la emboscada en que cayó Jorge Pacheco, el enchalecador, que dice Dumas, fue conducido a Montevideo como prisionero y con cuyo acontecimiento parece que Dumas cierra los rasgos históricos de las hazañas de aquel nuevo Marius en su «Nueva Troya». Ahora nos ocurre hablar con Dumas y pregunta r l e : ¿por quién fue puesta aquella emboscada, señor Dumas? ¿De quién fue prisionero el Capitán de Blandengues de los españoles en Montevideo? ¿De los patriotas que sitiaban aquella plaza? ¿Cómo vuestro Marius fue prisionero? Esto precisamente lo que nosotros ignoramos, y como hasta hoy no tenemos a la vista más que algunas hojas de la «Nueva Troya».
" Como por otra parte tampoco sabemos si el nuevo Marius reaparecerá en la continuación de esta curiosa novela, nos contentaremos, por ahora, con manifestaros nuestras dudas; no obstante hablaremos respecto de aquel personaje de lo que estamos ciertos".

Todo esto escrito y publicado en octubre de 1850, cuando ya el prócer fundador había muerto rodeado —al decir de Leandro Gómez— apenas de algunas criaturas campesinas que le cerraran sus secos y cansados ojos, que constantemente se dirigían hacia el país de los Orientales".