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25 abr. 2011

Al rescate de Mercurio :El mural de Eloy Boschi (por Armando Olveira)







En riesgo una obra del muralista portuario Eloy Boschi, exponente uruguayo del Realismo Social latinoamericano

Al rescate de Mercurio

(Artículo del periodista Armando Olveira, publicado en el semanario Brecha el miércoles 20 de abril/2011)

El tríptico pintado hace casi cuatro décadas en dos paredes interiores de la Aduana Nueva, está amenazado por la decisión de una empresa de logística que necesita hacer una puerta en medio de su escena central. Mientras la Administración Nacional de Puertos inicia acciones para protegerlo, la Comisión del Patrimonio estudia la posibilidad de declararlo Bien de Interés Cultural. De esta forma será prioritaria su restauración, porque además está muy mal conservado. Con urgencia, se estudia una solución que conforme a todos, que podría ser su traslado al edificio de la ANP, con técnicas que ya se han utilizado en casos similares.

–¿Me pintás aquel rinconcito? –fue el pedido del artista a su hermana que lo visitaba en su trabajo del puerto, una mañana de verano de 1972. Ella se quedó callada unos segundos, sorprendida, pero no lo dudó. Se subió a una escalera, con el pincel repleto de un naranja pleno, y cubrió el ángulo derecho de la primera escena del fresco, ubicado en una pared perpendicular a la calle La Marsellesa. Mariel Boschi se emociona cada vez que evoca aquella experiencia memorable. “Ese pedacito es mío”, repite, con una sonrisa chispeante, mezcla simétrica de nostalgia y satisfacción, mientras señala un polígono irregular de tres lados rectos y base cóncava que ella coloreó fascinada.
Aunque la obra no tiene nombre oficial, los trabajadores portuarios de entonces le llamaban El Mercurio, quizá, porque les causaba gracia una historia contada por su autor, que le atribuía virtudes impensadas al personaje central de su creación: el dios romano del comercio. El mural de 29.21 metros cuadrados de superficie está inspirado en el Realismo Social latinoamericano, que así se vincula con los mexicanos David Alfaro Siqueiros, Diego Rivera y José Clemente Orozco, con el ecuatoriano Oswaldo Guayasamín y también con el brasileño Cándido Portinari.
Tras haber sobrevivido décadas en el abandono, ahora corre riego de ser destruido por una reforma edilicia anunciada por la empresa Supramar, instalada en la antigua Aduana Nueva. Hace unas semanas se supo que la firma del rubro logística y almacenamiento necesita colocar una puerta en la pared que da a la calle La Marsellesa, justo donde está ubicada la imagen de Mercurio, interpretado por el pintor como guía del trabajo portuario.
El alerta fue dado, la semana pasada, por el blog Construyendo el Museo Portuario (http://construyendoelmuseoportuario.blogspot.com/) y por la intervención del coleccionista holandés Hans Cornelisse, poseedor de bocetos de la obra muralística de Eloy Boschi, que compró hace cinco años en la feria de Tristán Narvaja. “Nunca comprendí como originales de tanto valor terminaron allí, y por qué se pueden adquirir a tan poco precio, pero me dicen que es bastante común en Uruguay, algo que sorprende, visto desde afuera”, afirma Cornelisse, que informó que los rematará en Portugal, España o el Río de la Plata.
Alertada la Administración Nacional de Puertos sobre el inminente riesgo patrimonial, hubo una intervención de su vicepresidente Juan José Domínguez, quien visitó el depósito para expresar el interés oficial de preservar el mural; una posición avalada por informe del arquitecto Gonzalo Baranda, que señala la necesidad de recuperar la obra de Boschi por su valor cultural, y porque forma parte de un conjunto artístico único en el país. Al mismo tiempo, también intervino la Comisión del Patrimonio Cultural de la Nación, representada por su asesora, la artista plástica Silvia Villagrán, que ha iniciado un relevamiento técnico con el objetivo de declararlo Bien de Interés Cultural (BIC). De esta forma será prioritaria su restauración, mientras se estudia una solución alternativa: su traslado a otro sector, para su resguardado, para facilitar su apropiación colectiva, y para resolver un complejo conflicto de intereses.
Boschi había imaginado su retablo en la planta baja de la ANP, pero su iniciativa no fue aprobada por la autoridad portuaria de entonces, que prefirió la Aduana Nueva, contigua al histórico Depósito Santos, actual sede del Ministerio de Turismo y Deporte. Tras décadas sin utilidad, el depósito fue concedido por la anterior administración a la empresa Supramar, que por tratarse de un servicio de logística tiene vedado el ingreso al público, incluidas las autoridades portuarias, aunque se trata de una propiedad estatal. “La falta de mantenimiento es el mayor riesgo, aún más que la puerta, que seguramente no se realizará mientras esté allí la pintura”, afirma un dirigente del Grupo Marítimo y Portuario, una institución no gubernamental que ha retomado la iniciativa de creación de un museo.
Este tríptico no es el más cercano al realismo latinoamericano, como sí lo son los murales de los de los pisos 2 y 3 y el de planta baja del edificio de ANP. Boschi lo concibió como una metáfora del trabajo portuario como clave del comercio internacional, pero, aún así, contiene todas las características del estilo y la intención del autor de reflejar el pensamiento de las décadas de 1960 y 1970, con temas y personajes que apuntan al compromiso social.

El alquimista
Compases, reglas, figuras estelares y líneas geométricas, en su mayoría irregulares, están presentes en la obra de Eloy Boschi, casi toda desarrollada entre el recinto portuario y la sede de la Administración. “Aunque me duele, debo reconocer que siempre quedó en un segundo plano, un olvido que sólo se explica porque él tampoco valoraba lo que hacía. Recuerdo que ponía los bocetos en la cómoda y siempre me decía lo mismo: no estoy conforme”, cuenta Hilda Giacometti, su viuda.
Nacido en Salto el 6 de marzo de 1928, todavía era niño cuando vino a Montevideo con su familia. En la capital se apasionó por la pintura, un vínculo artístico que potenció tras el ingreso a la Escuela de Bellas Artes, donde fue alumno de Miguel Ángel Pareja, Felipe Seade y Ricardo Aguerre. Por ese tiempo realizaba afiches publicitarios, mientras recubría paredes de edificios con mosaicos que le permitían concebir las más diversas formas y colores. Con un vecino escultor, de apellido Corujo, aprendió los primeros conceptos de repujado en cobre. “Se pasaron juntos toda una mañana, hasta que Eloy vino a casa con algo hecho”, evoca la artista plástica dedicada al óleo, con exposiciones colectivas en Nueva Helvecia, la ciudad donde reside.
En 1952 ingresó a la ANP como administrativo, una tarea que cumplía sin mayor apasionamiento, hasta que alguien le propuso realizar escudos en cobre para ornamentar todas las plantas del edificio. Su trabajo llamó la atención a los docentes de Bellas Artes, que recomendaron su envío a Europa, con dos becas del Ministerio de Educación y Cultura y apoyo portuario. La primera fue al Instituto Hispánico de Cultura, con sede en Madrid, para aprender técnicas de restauración, y la segunda fue a la Escuela Estatal de Artes de Florencia, donde estudió Didáctica plástica y se perfeccionó en cobre y esmalte. De regreso dejó para siempre la tarea de oficina, para ser el “pintor del puerto”, tal como le llamaban sus compañeros.
“Jamás dejó de repujar el cobre, porque su mayor satisfacción era arrancarle imágenes a planchas gruesas, rústicas, que parecían de desecho”, asegura Hilda. Una técnica que le exigía destreza y fuerza para manejar la fragua y el martillo, tanto en el puerto de Montevideo como en su taller de Solymar. También realizaba trabajos de revestimiento artístico de estufas, con clientes en la Costa de Oro, y repujaba el cuero que combinaba con metales y piedras del país: ágatas, amatistas. “Amaba la orfebrería, que aprendió en la Escuela de Artes Aplicadas, y le encantaba realizar alhajitas en oro y plata. El regalo de mi vida fue un collar con una lágrima colgante de cinco centímetros, en lapilázul.” Hilda se refiere a una exótica gema azulada, muy difícil de lapidar, buscada con admiración por los joyeros desde la antigüedad.
En la década de 1970 realizó un curso de Museística con Huáscar Toscano, en la Intendencia de Montevideo, y con esa formación bocetó un espacio diseñado para preservar bienes de la cultura marítima y portuaria. Cuando culminó el tríptico de la Aduana Nueva, comprendió que ese era el mejor sitio, y desde entonces se dedicó a promoverlo con tesón, pero sin éxito. “La dictadura relegó mi proyecto, que tampoco fue tomado en cuenta luego de la recuperación democrática, y la Ley de Puertos me quitó las últimas esperanzas”, confesaba el artista.
El muralista se jubiló en 1990 como restaurador y creador de obras que describen el contenido social del trabajo portuario. Uno de sus amigos más cercanos fue el capitán Enrique Medina, fundador del Museo Marítimo de Malvín. “Ambos soñaban con un centro cultural que le contara a los uruguayos que viven en un país creado por el mar”, dice Hilda Giacometti, con acento nostálgico. Eloy Boschi murió el 29 de octubre de 2000.

Opus portus
1967. Puerta en cobre repujado de la Sala del Directorio de ANP, segundo piso. “Cada vez que la veía decía: cuanto la mejoraría trabajándola ahora”, evoca Hilda Giacometti.
1968. Puertas laterales de Presidencia y Vicepresidencia, repujadas en cobre.
1969. Mural vinílico alrededor de las tres aberturas anteriores, el primero inspirado en el Realismo Social de David Alfaro Siqueiros, que describe el trabajo portuario desde la época colonial, y que culmina con una interpretación de lo que entonces era futuro: los vuelos espaciales. Ese mismo año realizó un escudo en cobre para la Junta Departamental de Lavalleja, colocado en la Casa de la Cultura de Minas.
1971. Escudo Nacional y símbolo portuario en cobre, ubicados en el hall central.
1972. Mural de Mercurio, en la Aduana Nueva, con figuras deformadas típicas del Realismo Social.
1974. Mural mosaico en dos paredes y contramarco en cobre repujado para la puerta de ingreso a la División de Servicios Terrestres y Tránsito, actual Depósito Montevideo.
1975. Mural a fresco del antiguo Garage portuario (destruido), cuyo boceto original fue adquirido en la feria de Tristán Narvaja, por el coleccionista holandés Hans Cornelisse.
1977. Fresco de la Sección Proveeduría, tercer piso, quizá, su más cercano trabajo al Realismo Social.
1979. Mural de Leonardo Olivera con su caballo en Santa Teresa, en el Depósito 20.
1981. Audiovisual Puerto-Arte, realizado para Relaciones Públicas de ANP.
1981-1990. Restauración de murales y de puertas en cobre del edificio central.

Tríptico
El Mercurio es una evolución visual en tres escenas. La primera, ubicada en la pared este, de 1.69 metros de ancho por 4.15 de altura, es la representación astral de un viaje marítimo comparable con la vida. La segunda, implantada sobre la calle La Marsellesa, perpendicular a la anterior, de 5.35 de ancho por 3.24 de altura, es la imagen central, dominada por Mercurio que mira de frente al observador, por encima de mujeres y hombres que trabajan. La tercera, de 1.50 por 3.24, que continúa por el mismo muro, describe la faena portuaria a través de la relación de un trabajador con el guinche.

OTROS DATOS:
Otros plásticos portuarios: Hugo Acosta Verón, Saúl Marfetán, Rosa Hernández, Guillermo Andrada y Miguel Zelayeta.

Los dos murales del hall central de la ANP, que tienen la firma del pintor Miguel Ángel Zelayeta, fueron bocetados por Eloy Boschi en 1967.