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5 jul. 2011

EL VARADERO PORTUARIO

(El Varadero: Olga Piria)


EL VARADERO





Por Juan Pedro Gilmes

La evolución y el desarrollo de la navegación implicó para el hombre la necesidad de crear distintas técnicas y destrezas que le permitieran a través de lo empírico avanzar en el arte de construir diversas clases de embarcaciones.
El continuo obrar de manos y cerebros forjaron la aparición de un número importante de oficios que actuando mancomunadamente alcanzaban el éxito esperado.

En los primeros años del siglo XX se encontraban establecidos en derredor del Puerto de Montevideo un grupo de instalaciones que atendían las necesidades estructurales y de construcción de una amplia variedad de embarcaciones esencialmente de madera, fueran de origen nacional como extranjero.
Aquellos históricos rincones montevideanos que brindaban un importante sostén a la realidad marítima del país eran, el varadero propiedad de “Joaquina T. de Harrat" y el de “Wilson Sons & Cº”, ambos ubicados en la villa del Cerro; otro era el de “Luis A. Amoretti y Cª y Viuda é hijos de Lorenzo Fernández”; por último se hallaba el de “Antonio D. y Manuel Lussich” a la altura de la calle Dársena entre Cerrito y 25 de Mayo.

La Administración Nacional de Puertos contó también con su Astillero y Varadero el cual supo ser reservorio de muchos oficios portuarios que en algunos casos eran ejecutados por verdaderos artistas.
Dentro de las distintas instalaciones de este lugar se alojaban los remachadores, el fraguador, el calderero, los soldadores, junto con el sopletero; además se hallaba allí la sección de mecánica naval, la de tornos, calderería de cobre, los operarios de Maniobras, velería y cabullería.

Por la diversidad, especialización y desempeño de estos oficios, algunos ya casi desaparecidos, son merecedores de un recuerdo permanente en nuestra memoria.

El “Varadero” se encontraba situado prácticamente enfrente al Hotel Nacional construido por Emilio Reus, a la altura de la calle Cerrito, a escasos metros de la de la escollera Sarandí, área hoy ocupada por la playa de contenedores.

Hasta entrado el siglo pasado la construcción y mantenimiento de distintos tipos de embarcaciones principalmente de madera, configuraban actividades fundamentales en el fortalecimiento y desarrollo de la actividad marítima, no solo para Montevideo sino también para los puertos del interior.

Uno de los oficios vinculados a esta realidad era el de “carpintero de ribera”, estos obreros con sus manos construían pieza por pieza todo tipo de embarcaciones del noble material ya referido.

Para tal proceso primeramente se confeccionaban con ayuda del “dibujante técnico” los planos que luego serían guías del trazado, corte y labrado de cada una de las partes necesarias; este era un trabajo meticuloso y de gran responsabilidad.

El carpintero de ribera generalmente tenía en su lugar de trabajo diferentes áreas destinadas a cada fase del proceso constructivo, estas contaban con aquellos elementos y herramientas imprescindibles para cada momento. Por ejemplo, característico era que colgado en una pared tuvieran un tablero de madera donde se guardaban de forma prolija y ordenada por función y tamaño gran parte de sus herramientas. Aquellos más detallistas dibujaban en su tablero la forma de la herramienta que se ubicaba en cada posición, para no perder la exquisita clasificación, ni el valioso tiempo.

Los instrumentos de este artesano, es decir sus herramientas, eran las más de las veces construidas por él mismo, siendo numerosas y cada tipo contaba con determinadas variantes que cumplían una función específica para que cada detalle se aproximara a la perfección.
Esta labor requería una alta especialización y conocimientos muy profundos en la materia, porque el éxito o fracaso de una embarcación dependía en gran parte del desempeño del carpintero de ribera.

En la aplicación de sus habilidades se ayudaba tradicionalmente con serruchos de diferentes hojas que variaban en el tamaño y disposición de sus dientes; además de la sierra tronzadora, variedad que presenta una hoja ancha con dos manguitos perpendiculares; otra clase de sierra que aplicaba en sus trabajos era la llamada “portuguesa”.

Contaba entre su numeroso instrumental con la garlopa, el cepillo de mano, hacha y formón. Para las uniones machihembradas utilizaba la machembra; gubia, escoplo, lima y escofina eran otras herramientas del hábil carpintero.
Algunas incluso eran de gran especialización, como el berbiquí.

Otro oficio de enorme relevancia y gran responsabilidad por las consecuencias que podían concretarse en caso de un trabajo no realizado de la mejor forma, era el de calafateador.

El fin último de tan delicada tarea se puede decir, que era lograr la absoluta impermeabilización del casco y las cubiertas de un buque cuya principal materia prima fuera la madera, para evitar cualquier posible filtración de agua.
Del éxito de dicha labor dependía no solo el estado de la embarcación y de lo que llevase en su interior sino la seguridad y las vidas de sus tripulantes y demás personas que se hallasen a bordo.

Este diestro trabajador por supuesto que también contaba con sus herramientas, las que junto con sus manos y ocasionalmente otra parte del cuerpo, como ser las rodillas, le brindaban la posibilidad de desarrollar sus técnicas.
Hallábase entre los útiles más empleados el mazo de madera, además de numerosos instrumentos de hierro que se diferenciaban unos de otros por la terminación de su extremo inferior, que definía la finalidad de su uso.

Estaban los que por sus características eran adecuados para introducir la estopa de algodón en los espacios correspondientes, otros en cambio lograban por su conformación abrir aquel relleno ya depositado, una vez logrado la mayor utilización de la estopa se trabajaba con herramientas similares pero con un extremo más ancho, que aseguraban la estopa en los espacios o junturas.

Cuando los calafates aplicaban la estopa se podía observar una perfecta sincronización en los movimientos efectuados por sus manos, con los cuales desenrollaba e introducía la estopa entre las tablas, casi al mismo tiempo, sin detenerse en ocasiones por varios metros. La habilidad y precisión de estos trabajadores eran aptitudes dignas de admiración.

Por cierto que una vez concluida la etapa anterior se pasaba a sellar cuidadosamente cada espacio existente con brea, para alcanzar la impermeabilización de la zona.

En ocasiones cuando el casco de un buque presentaba malas condiciones a causa de su deterioro como para emplear el método tradicional se recurría a la colocación de chapas de cobre o de zinc, asegurándolas con clavos de cobre o de bronce.

Para que las embarcaciones ingresaran o salieran del Varadero era menester contar con el trabajo del personal de Maniobras ya que en aquellos tiempos la tecnología aún no brindaba alternativas a múltiples actividades del quehacer diario, por eso cuando un remolcador, un ganguil u otro navío se dirigía a ingresar en este rincón ya desaparecido del Puerto y de la ciudad de Montevideo, entraba en acción un grupo de operarios de aquella sección portuaria.
El acceso desde el río para las embarcaciones se les presentaba con una inclinada escalera de largos tablones dispuestos en el piso, sobre la cual se deslizaba una enorme pieza denominada “anguila”, encima de la que se colocaría y apoyaría la embarcación con el fin de poder efectuarle las reparaciones necesarias.

El procedimiento de entrada no era tarea sencilla; en primer instancia el buque en cuestión era aproximado al Varadero por un remolcador, luego a cada costado de la escalera se disponía un grupo de diez o quince operarios de Maniobras que a la orden comenzaban a tironear del barco a través de imponentes cabos para darle la dirección correcta al casco y lograr que este se depositara sobre la “anguila”. Una vez concretado esto la “anguila” con la embarcación eran totalmente retirados del agua por un guinche eléctrico localizado en lo alto de la escalera y se detenía a la altura deseada.

Esta maniobra dotada de gran destreza contaba con un complemento interesante, como la “anguila” tenía un desplazamiento libre sobre la escalera y era necesario gobernarla para que no se dieran movimientos riesgosos que pusieran en peligro no solo la estabilidad de su carga sino también la vida de los trabajadores, se colocaban dos guías postizas de madera que se aseguraban al piso mediante dos grandes prensas, todo hecho manualmente por los trabajadores del Varadero.
Las guías limitaban el espacio y la dirección por donde la “anguila” debía deslizarse tanto al subir como al retirar una embarcación del Varadero.

Estas profesiones recordadas así como otras muchas supieron caracterizarse en su aprendizaje más allá de la educación formal que pudiera existir, por el hecho de que sus habilidades se transmitían de trabajador a trabajador, es decir, un obrero con experiencia en el oficio moldeaba y educaba a otra persona que con el tiempo además de acompañarlo y de ser su colaborador en la faena diaria, seguramente sería digno sustituto de su “maestro”, como tradicionalmente se designaba a quien poseía el valioso tesoro del conocimiento.


Juan Pedro Gilmes.

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