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17 may. 2010

El Hombre de la Isla. Parte 2ª


A continuación exponemos la segunda de tres partes del artículo salido en 1975 en el diario EL DIA; este relato es digno ejemplo de la importancia que tienen los testimonios de aquellas personas que fueron protagonistas de distintos hechos o actividades que por diferentes circunstancias quedaron en el pasado sin dejar, en demasiadas oportunidades, registros que permitan trascender en el tiempo páginas de nuestra historia. He allí la importancia de emprender un trabajo serio al respecto.

“Cuando Don Braga llegó a la isla había en ella muchos jóvenes, entre un total de unas 30 personas (marineros de la guarnición local, o cuidadores del faro, o miembros del personal que trabajaba en el Lazareto) lo cual le resultó una ayuda. En los primeros años practicó permanentemente deportes (fútbol, tenis, pelota de mano), y a lo largo de toda su estadía fue aficionado a la pesca en chalana, a la cría de pájaros y gallinas, a la carpintería, y a la fotografía, todo lo cual le permitió sobrellevar sin decaimientos los largos turnos de guardia: al principio por cada 2 meses de trabajo en la Isla, le concedían 10 días de descanso fuera de ella (tal régimen fue mejorando, hasta llegar en los últimos tiempos a 10 días libres por 20 de labor).

Problemas de la soledad.

-Algunos no se acostumbraban a la Isla –extrañaban la falta del bar o añoraban a sus familiares, novias, amigos y/o diversiones- y cuando se iban después del primer turno de trabajo, uno sabía que no iban a volver más. La soledad motiva a veces extrañas reacciones en la gente: un médico y un practicante, solían pasar horas enteras –uno a cada lado de una larga mesa- caminando uno en un sentido y el otro en el contrario, sin decirse una sola palabra. A veces había discordia y por eso era necesario tener mucho tacto: la Isla no es como acá, en Montevideo, donde uno sale de la oficina y se va para la casa; allá, por el contrario, hay que vivir en 22 cuadras de largo por 5 de ancho, quiérase o no. Cuando se pudo comenzar a escuchar emisiones de radio, todo cambió completamente, ya que al parecer la gente se empezó a sentir más acompañada y disminuyeron las tensiones.

Los años fueron pasando para Don Braga, que de peón de farmacia ascendió a auxiliar (mediante curso por correspondencia), y más tarde se casó con la hermana de uno de los fareros, a la cual conoció en la Isla.

-En 1934 se produjo la última cuarentena (viruela) y tiempo después cerraron el Lazareto y de a poco fueron retirando el personal sanitario. Yo fui el último miembro de aquel que la abandonó, en 1965, siendo encargado de sanidad, cuando había cumplido 40 años de labor en ella.
-¿Aquél trabajo no le afectó la salud?, le preguntamos.

-No, por el contrario, me la preservó. La Isla de Flores es fresca en verano y templada en invierno, porque no hiela. Allí no se enfermaba nadie, e incluso iban en oportunidades señoras con bocio o con asma, y al poco tiempo se aliviaban o se curaban. Yo, en total, me habré agarrado un par de resfríos, y nada más”.
Juan Pedro Gilmes.