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12 may. 2010

El Hombre de la Isla. (Parte 1ª).


El particular mundo del mar y de las embarcaciones encierra múltiples presentaciones que han sabido a lo largo de la historia de la civilización despertar vocaciones y atracciones en incontables hombres y mujeres alrededor del mundo entero, incluso en aquellos lugares donde el río, el océano, el mar no se hallan próximos.
Uruguay atesora una enorme cantidad de esas historias particulares que enriquecen el patrimonio cultural a nivel colectivo, una de ellas es la del Sr. Francisco Braga que desde niño se uniera a través de la vista y la imaginación con una isla que lo deslumbraba cada vez que podía divisarla en el horizonte, quiso el destino que cuando el niño fue joven uniera su futuro al de la Isla de Flores:

(de EL DÍA 27 de Julio de 1975)
“Nací en Montevideo, cerca de Larrañaga y Rivera, y de niño, cuando me acercaba a la Rambla próxima, aún antes de llegar a ella, ya divisaba el lejano contorno de la Isla de Flores, y me decía: es imposible que yo vaya allí alguna vez, y sin embargo me gustaría tanto llegar a ella… Y quizá porque lo desee de pequeño, es que al final estuve 40 años trabajando en aquel hermoso lugar, sin que pese a tan largo tiempo llegara a cansarme de él.
Francisco Braga (casado, una hija, dos nietos), hombre amistoso y cordial, de conversación apasionante, relató sus queridas anécdotas a un equipo del Suplemento de Huecocolor de EL DIA, en medio del confort de su domicilio, ubicado en la calle Tte. Galeano. Afuera un fuerte y gélido viento invernal gemía constantemente, impulsando helada lluvia contra los cristales.
Adentro, en la calidez del hogar, acaso acicateados por el temporal, fluyeron lentos los recuerdos.

- Siendo ya un joven, necesitado de ganarme la vida, fui a ver al Dr. Alfredo Vidal y Fuentes, presidente del Consejo Nacional de Higiene, para pedirle trabajo.
Me respondió que el único de que disponía era en el Lazareto de la Isla de Flores. Yo no sabía entonces lo que era aquella dependencia, de modo que sin pensarlo más, acepté.

La Vida en la Isla.

Braga arribó a la Isla el 12 de marzo de 1925, y de inmediato supo que el Lazareto era el lugar donde iban todos los enfermos contagiosos que llegaban desde el exterior. Si un buque traía tan solo una persona de aquel tipo, estaba obligado a fondear a entre 200 y 400 metros del Muelle, y descendían de él todos los hombres y mujeres que iban a bordo, para la cuarentena. Los que morían eran cremados y sus cenizas guardadas en urnas.
- Cuando llagaba la gente de los barcos, la dividíamos en 3 grupos, que se mantenían separados entre sí: los aparentemente sanos, los que estaban en observación y los enfermos. Estos últimos iban a un pabellón especial, ubicado muy cerquita del crematorio. Cuando los trasladábamos allí, muchos se daban cuenta de que habían llegado sus últimos momentos…”.

Juan Pedro Gilmes.