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21 may. 2010

El Hombre de la Isla (Parte 3ª).



Las Tormentas en la Isla.

La tarde fría y lluviosa al otro lado de los cristales, trae a colación los recuerdos de grandes temporales vividos por Don Braga en la Isla, y de algunas travesías en las que el mal tiempo se hizo presente en forma furiosa y repentina, en medio del mar, obligando a los patrones de las lanchas a usar toda su pericia, para escapar con vida.

-Yo estaba acostumbrado a esas situaciones extremas, pero había gente que no bien el mar se picaba, ya lo empezaba a pasar mal. Hubo días que llegamos a la Isla y debimos regresar, por ser imposible llevar la embarcación al muro, sin peligro de que las olas la destrozaran contra aquél.
Eso si, antes de volver, tirábamos a tierra el pan y la carne, para asegurarles la comida a los compañeros. Otras veces –cuando estallaban violentas tormentas- nuestros familiares se inquietaban e iban a preguntar al Consejo Nacional de Higiene si corríamos peligro, a lo que invariablemente les respondían lo mismo: “¡Pero no!, para que el agua los tape tiene que subir acá, en Montevideo, hasta la Plaza Independencia”. Por suerte nunca llegó hasta allí.

Fue don Braga el encargado del macabro transporte de las urnas con cenizas de muertos no reclamados, que quedaban en la Isla. Cuenta que decenios atrás no era necesaria tanta documentación como al presente para viajar, de modo que de algunas personas muertas en la Isla –viajeros, tripulantes o polizontes de barcos en cuarentena- nunca se llegó a saber su identidad, ni se la conocerá jamás. Simplemente llegaban enfermos y morían sin saberse quiénes eran, y una vez cremados, sus restos se guardaban en urnas, sin nombre alguno, únicamente con un número. Precisamente a don Braga le correspondió, antes de entregar la Isla, traer a Montevideo tales restos de muertos anónimos (en total 18) y de otros identificados pero nunca reclamados (31 más).

Nuestro entrevistado estuvo por última vez en la Isla de Flores hace 3 años, realizando trámites administrativos y vive ahora, recientemente jubilado, en la paz de su confortable hogar, dividiendo su tiempo entre su querida familia y actividades vecinales”.

Juan Pedro Gilmes.

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