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3 nov. 2009

Primero una necesidad, luego un sueño, más tarde un proyecto; de proa a la realidad.


La utopía como fuerza histórica:
José Luis Rebellato.
Intelectual radical. Compiladores: Alicia Brenes, Maite Burgueño, Alejandro Casas y Edgardo Pérez. EXTENSIÓN-EPPAL-NORDAN, 2009.

“Existe una tensión entre utopía y racionalidad. En ciertos casos dicha tensión se ha resuelto en favor de la racionalidad y contra las utopías”.

“Ahora bien, las utopías no responden sólo a la racionalidad, sino que implican necesariamente la imaginación. Es decir, en las utopías residen nuestros sueños, nuestras esperanzas, nuestros deseos, nuestras expectativas de cambiar la realidad. Ciertamente, también la imaginación radical contiene nuestros deseos de destrucción, nuestras aspiraciones a dominar, nuestra negación del principio de realidad, nuestra omnipotencia. Es por esto que las utopías necesitan confrontarse y mediarse con proyectos sociales, políticos y culturales que apuesten a la vida y que desarrollen las potencialidades constructivas de nuestros sueños y esperanzas.
La utopía sin mediación se transforma en un sueño peligroso, en una apuesta a la destrucción y a la muerte. Las mediaciones sin utopías se convierten en adhesión al principio de realidad, excluyendo toda transformación.
Cornelius Castoriadis nos ha llamado fuertemente la atención en relación al papel del imaginario social. De acuerdo con sus análisis sociales, la institución de la sociedad se despliega según una doble dimensión. La sociedad opera recurriendo a la determinación producida por las conexiones y regularidades. Es decir, recurriendo a una lógica identitaria cuyas funciones son distinguir, ordenar, contar, decir, elegir, designar. Se trata de la dimensión conjuntista identitaria (Cornelius Castoriadis, 1989, II, 123).

Pero también la sociedad opera a través de la dimensión imaginaria, puesto que la existencia es significación. Mientras que en la dimensión anterior predominaba la determinación aquí tiene prioridad la remisión. Se trata de la dimensión imaginaria de la sociedad, que se identifica con la acción de instituir. (Cornelius Castoriadis, 1989, I, 220-1).
En el movimiento de la historia se da una relación permanente entre lo viejo y lo nuevo. Lo viejo entra en lo nuevo de acuerdo a la significación que lo nuevo le da. La historia no es, pues, resultado de un proceso determinista. Para Castoriadis el determinismo es expresión de una metodología de la pereza, puesto que si existen leyes inexorables que se cumplirán en forma indefectible, no hay lugar ni para la reflexión, ni para la creación, ni para la intervención protagónica. El determinismo es incompatible con el imaginario radical”.

“Quien no desea, no se compromete ni elige ni arriesga ni apuesta a la vida. La racionalidad por sí sola no resulta suficiente para la construcción de la autonomía. Ninguna utopía moviliza si no es desde la fuerza del deseo. Es allí además donde se da la verdadera lucha entre el querer ser autónomo y el dominio de lo instituido que busca amaestrar nuestro deseo de autonomía. La racionalidad nos puede ayudar a ver, a escudriñar, a desmontar, a problematizar y a formular nuevas visiones acerca de la realidad. Pero el deseo nos ayuda a querer, a hacer realidad lo que queremos que sea, a un compromiso fecundo, a salir de nuestras seguridades. Ni uno ni otro pueden entenderse por separado. El deseo le da a la racionalidad nuevos argumentos, por la sencilla razón de que no todo es racional. La racionalidad nos permite una autorreflexión sobre nuestro deseo. No hay, pues, utopías sin racionalidad ni deseo, así como tampoco las hay sin esperanza y sin amor”.

Juan Pedro Gilmes.