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13 jul. 2009

A “Juana de América”, a Juana Mujer.


En 1929 se proclama a una mujer de nombre Juana Fernández Morales, mejor conocida como Juana de Ibarbourou, “Juana de América” una distinción continental sin registros anteriores que agigantaba una figura ya conocida y respetada por el mundo entero. Sus obras eran continuamente traducidas a diferentes idiomas y estudiadas en distintos niveles educativos, la poeta de América era referencia y guía en la literatura internacional.
El personaje público venerado por casi todos y exaltado por las máximas autoridades del Uruguay de entonces y de las más destacadas figuras literarias del orbe, guardaba casi herméticamente la esencia misma de aquel ser que solo a pocos les era posible acceder. O quizás fueran multitudes ya que en sus versos desnudaba su diario existir.

La mujer pionera y a la vez transgresora en un mundo masculino y de una ética erguida sobre hipocresía y apariencias discurrió sus años luego de un corto y fugaz disfrute total, entre egoísmos, soledades, desprecio, mutilación material causada por propios y extraños, sufriendo en el esplendor de su belleza como en su vejez violencia doméstica.
Su faceta de poeta alcanzó y se mantuvo en la cumbre más elevada de las letras pero la mujer de nombre Juana sobrevivió por décadas aferrada de su poesía, de sus pocas amistades; en aquellos días de doble faz los más dulces transcurrieron frente al mar.

Desde la casa que habitaba se dejaba invadir por ese paisaje marítimo que la extasiaba, la llevaba de viaje por tierras de fantasía donde gracias a su imaginación alcanzaba el firmamento y dejaba por unos instantes su terrenal existencia que se debatía entre la aclamación y el dolor. Frente al mar vivió, frente al mar se inspiró y enriqueció el capital literario del Uruguay.
La vinculación que Juana de Ibarbourou tuvo con las aguas de estas costas también es parte del relegado Patrimonio Cultural Marítimo de los uruguayos y que supo, la poeta, materializar en sus obras.


ELEGIA POR UNA CASA

¡Ay espada del agua ya perdida!
¡Ay rama de la mar que no contemplo!
¡Ay viento, todo el día canturreando
Sin la salobre fuerza en el aliento!

¡Ay viento de entre árboles, cortado
Bajo retazos de menudos cielos!
Digo mil veces que me estoy ahogando.
Y sólo veo alrededor sonrisas.
Me estoy ahogando, vertical y en medio
De una avenida gris, ruidosa y lisa.

Ni una huella de pez hiende los aires.
Y yo me muero de ansias marineras.
Tenía mi casa tres ventanas puras.
Y en torno, piedras, y hasta el mar, arena.

Aquí la tierra ni siquiera es tierra;
No tiene azul, ni libertad, ni aurora.
Se han vuelto acero hasta las golondrinas,
Y de hierro y estaño son las hojas.

No veo ya la barba del verano.
Ni el caballo de vidrio del invierno.
¡Un balcón a una calle toda tráfico,
Y un sol lejano, sin pasión, ascético!...

Juana la mujer se encontró con la muerte a solas y aislada del mundo a sus ochenta y siete años, se presume, más allá de los datos oficiales, “entre el 12 y 14 de Julio de 1979” .
Juan Pedro Gilmes.

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